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Y el cadáver sigue muriendo
Por Mario Roberto Morales - San José, Costa Rica, 21 de septiembre de 2005

Llegué a Costa Rica el 15 de septiembre, huyendo de los insufribles desfiles de escolares que con aspavientos castrenses invaden las calles de las ciudades guatemaltecas desde principios de mes. El patriotismo mecánico y ciego duele demasiado como para observarlo impasible, así que aquí estoy, tratando de evitar con disciplina el igualmente ridículo nacionalismo tico, y esperando a que llegue el 2 de octubre para asistir a un congreso de escritores en Panamá, que espero se desenvuelva sin retóricas melodramáticas acerca del "papel del escritor" en estos dorados tiempos.

Pues bien, el domingo pasado, durante un almuerzo, me contaron que en una maestría en historia de Centroamérica que ofrece la Universidad de Costa Rica, llevan un curso sobre el testimonio centroamericano y que algunos escritos míos sobre la problemática de la verdad, la veracidad y la ficción en el discurso testimonial forman parte de las lecturas correspondientes. Eso me alegró. Pero el relato no terminaba allí.

A pesar de que el debate sobre la testimonialidad centroamericana en Estados Unidos ya decayó, junto con la fiebre por el esencialismo "maya" y la "corrección política" menchuísta, gracias a que los hechos no pudieron ser rebatidos con argumentaciones de relativismo "light" a la moda "posmo", los ecos del asunto siguen rebotando en algunas aulas universitarias y todavía tienen el poder de irritar a las malas conciencias de quienes secretamente se culpan por no haber participado ni arriesgado nada en la aventura de la izquierda, ya que se limitaron a ser comparsas, simpatizantes, cortesanos o mensajeros de quienes percibían como demiurgos del cambio social. Y lo increíble sigue ocurriendo en estas aulas, habitadas por fanáticos izquierdistas de campus que se han radicalizado a destiempo a favor de una postura de izquierda religiosa que no tiene referente concreto ni perspectiva utópica.

Me cuentan que en el mencionado curso, durante la discusión sobre la verdad y la veracidad en el testimonio de Menchú, no faltó quien que se consagrara a "defender" a esta señora y a satanizar a sus críticos cuando se examinaban sus deliberadas inexactitudes respecto de cómo empezó la violencia en territorio quiché en los años setenta (ella afirmó que dio inicio con insurrecciones indígenas sabiendo que fue un foco de guerrilleros citadinos el que originó todo) y su ya de sobra desmentida condición de testigo ocular y protagonista de hechos militantes durante el conflicto armado guatemalteco. Ni su nuevo oficio de empresaria farmacéutica que vende medicinas baratas de dudosa probidad, ni su papel de servidora de un gobierno neoliberal que está agravando la desesperada situación económica de su pueblo, sacude las mentes dogmáticas de quienes necesitan ver en ciertos personajes mitificados la encarnación de idealidades mojigatas mediante cuyo culto pueden expiar culpas de mortificante mala conciencia. Es el caso de la diminuta y rechoncha figura de Menchú apareciendo en un podio de cualquier universidad gringa y provocando copiosos llantos en pálidas profesoras obesas antes de empezar a hablar, o el de la silueta ecuestre del subcomediante Marcos fumando su eterna pipa en un atardecer brumoso de la selva lacandona, en la que este llanero solitario, líder de una guerrilla que no combate, sale del follaje para ser fotografiado por periodistas bienpensantes, y adorado por turistas ávidas de experiencias tropicales extremas con un toque de picante conciencia social.

Aun después de que tanto la guerrilla como el ejército guatemaltecos y la misma Menchú aceptaran el informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) como la versión más ajustada a la realidad que sobre el conflicto armado existe a la fecha, y que hubiese quedado en claro la coincidencia evidente entre las conclusiones de la CEH y los hallazgos de David Stoll, los religiosos de la izquierda dogmática siguen "defendiendo" a Menchú frente a los fantasmas de guerra fría que pueblan su trasnochado imaginario, cuando ya ni ella misma se defiende de lo que tuvo que aceptar públicamente, a saber, que había dicho inexactitudes deliberadas para concitar solidaridad hacia su organización guerrillera, y que se adjudicó un protagonismo que les perteneció a otras mujeres, el cual ella sólo conoció de oídas. Nada de esto conmueve a las malas conciencias especializadas en señalar y linchar moralistamente a quienes se esfuerzan por establecer hechos a contrapelo de furias ideológicas producidas por flagelantes necesidades expiatorias. Su inmovilismo católico desafía a la dialéctica y al materialismo. Son el producto y la resaca del agonizante komandantismo manipulador, corrupto y cleptómano de Centroamérica. Pero por suerte para todos se trata de una especie en franca y acelerada extinción.

A pesar de ello, debemos advertir que todavía habrán de pasar algunos (ya no muchos) años para que podamos exclamar, con el poeta del dolor, que el cadáver de la izquierda dogmática "ay, siguió muriendo" y muriendo y muriendo… hasta que se cansó de tanto (no) morir y se irguió de su lecho funerario para aplastar con furia a quienes no le permitían consumar su anhelado deceso, impidiéndole con ello volver a nacer para volver a luchar.

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