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Una masonería de la literatura
Por Mario Roberto Morales - Panamá, 5 de octubre de 2005

Esta semana se está desarrollando un congreso de escritores centroamericanos en Panamá, con el objetivo de fundar una organización regional que agrupe a quienes se dedican al oficio de hacer literatura. Aparte del aluvión de ponencias, recitales poéticos y fallidas poses de divinidad que nos legó la tradición romántica y modernista, y que nunca faltan en estos cónclaves, en corrillos hemos podido hablar de la agonía de la literatura frente a (no tanto los medios audiovisuales cuanto) la banalización del hecho literario por parte del mercado y su exitosa comercialización como un bien de consumo masivo.

Con algunos colegas conversamos sobre la extinción del sentido estético en el uso de la palabra por parte de lectores, críticos y escritores, un asunto que se observa en la indiferenciación que evidencian los consumidores de libros cuando, sin ningún tropiezo, transitan de Dostoiewski a Paulo Coehlo, de Poe a John Grisham, de Henry James a Norman Vincent Peale. También, en el desenfado con el que los críticos clasifican las literaturas regionales y nacionales en compartimientos estancos.

Pero lo más grave radica en la banalización del hecho literario que los mismos escritores acusan en sus libros, tratando con desesperación de estar a la altura de las modas que conducen a escribir bestsellers y de los subterfugios para escandalizar conciencias mojigatas de lectores de aeropuerto. Nadie quema libros (todavía) porque (aún) no existe un cuerpo de bomberos especializado en ello para que los perturbadores mensajes letrados no empañen la felicidad de las mentes en blanco, como ocurre en la célebre novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 461. Pero el Big Brother ya nos observa desde hace años con ojo implacable desde las pupilas del prójimo, para cerciorarse de que no asumamos comportamientos demasiado independientes que nos saquen del redil de la moral ciudadana adocenada.

La literatura de consumo, esa que las editoriales construyen en sus oficinas de mercadeo y que luego pasan en forma de minutas a los agentes literarios para que éstos se las hagan llegar a los escritores o "creativos" de la palabra, se ha enseñoreado del alma de la humanidad lectora porque así lo ha querido el mercado, de modo que para "triunfar" como escritor hay que adocenarse y escribir por encargo, una conducta que la Ilustración había convertido en libertad individual de expresión y en aguijón de originalidad. Eso se acabó. Ahora hay que escribir como los demás para que los demás puedan y quieran leernos, y todos nos hagamos partícipes de la felicidad y el entusiasmo de los presentadores de televisión.

Quizá en congresos como este en el que me encuentro ahora, valdría la pena que algunos nos dedicáramos, como en la novela de Bradbury, a memorizar una obra maestra de la literatura cada uno, para preservar el patrimonio literario de la humanidad previendo el día en que ya no haya más que pantallas de televisión en todos los muros del mundo. Y crear una especie de masonería de la literatura que proteja la palabra estética de la banalidad y el desparpajo de sus consumidores y "creadores" más conspicuos y exitosos.

Yo lo propondría en este congreso si no supiera que el mercado tiene atrapados a unos y seducidos a otros con el espejismo del "éxito" literario, la banalidad del exhibicionismo y las lastimosas poses fallidas de divismo subdesarrollado. La masonería de la literatura tendrá que ser una secta secreta de iniciados lo suficientemente valientes como para dedicarse a preservar antiguos valores pisoteados por el consumismo. En este caso, el valor estético que es posible crear juntando y separando palabras para la mayor gloria de la música, el ritmo, la cadencia y el asombro del universo.

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