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Literatura del atraso
Por Mario Roberto Morales - Panamá, 8 de octubre de 2005

Quizá el reservorio natural de la literatura en esta hora de su muerte a manos de las grandes editoriales, sea -váyanse de espaldas- Centroamérica. ¿Por qué? Pues porque debido a su voceado atraso, sólo en esta región del mundo los poetas y narradores aspiran todavía a escribir obras de arte cuando se sientan a la computadora o toman la pluma de ganso para emborronar cuartillas. Es precisamente por esa terca intencionalidad atrasada de la literatura centroamericana que las grandes editoriales y sus críticos no la venden, y no por su falta de calidad.

Sólo en el tropical atraso de la geografía en donde se le sigue rindiendo culto a Darío, a Asturias, a Salarrué, a Sinán, a Del Valle y a Fallas, puede la literatura "bestselling" deshacerse en forma natural al chocar contra el rompeolas del afán estético a la hora de contar historias, acariciar sentimientos o lanzar diatribas. Además, sólo en esta atrasada latitud los poetas y narradores escriben todavía hermosas dedicatorias en la primera página de sus libros, recién salidos de los hornos de editoriales que nacen y mueren como zancudos, y los regalan con una ancha sonrisa en los labios a quienes ellos consideran sus amigos, maestros o colegas. En otras palabras, aquí la literatura es todavía ejercida por su autores como un acto afectuoso de comunicación.

En el atrasado espacio caribeño en donde la falta de ortografía se convierte en ritmo y cadencia que evoca a locuaces hablantes callejeros o a serenos campesinos, la experimentación verbal puede todavía fertilizar los campos literarios y la imaginación de los jóvenes que -ilusos irredentos- quieren aprender a escribir para aprender a ser y a luchar por lo que aún perciben como causas justas, a saber: sus pequeños y casi inviables países, sus maltratadas patrias y sus apasionados amores.

En el resto del mundo, la literatura ya casi no tiene candorosos practicantes como estos de Centroamérica. Allí, los temas de las novelas los deciden los ejecutivos de mercadeo de las grandes editoriales, para luego pasárselos a los agentes literarios quienes los hacen llegar a sus escritores para que éstos se pongan a escribir y ganen un certamen, después lo cual deben firmar un contrato en el que se comprometen, entre otras cosas, a hablar bien del anterior y el próximo premiado, así como a endiosar a quienes forman parte del círculo que decide a quiénes se les otorgan los galardones. El resultado es lo que el mercado editorial considera su gran triunfo: haber hecho de la "literatura", por primera vez en la historia, un bien de consumo masivo. Con lo que convirtió a los escritores -tal y como los hemos conocido- en una especie en extinción, a no ser en reservas naturales en las que, como en Centroamérica, la maravilla del atraso sigue impidiendo que la civilización acabe de llegar con sus alucinantes espejitos de colores, y la hace naufragar en nuestras playas convertida en indescifrables añicos.

El atraso puede ser, pues, el reservorio natural del patrimonio literario de la humanidad porque en la cándida latitud de la calidez no es extraño hallar un ejército de voluntarios capaces de memorizar una obra maestra de la literatura cada uno, de modo que, como en la novela de Bradbury, en próximos congresos literarios nos saludemos unos a otros diciéndonos: "Hola, Divina Comedia". "Cómo estás, Decamerón". "Te presento a Fausto", permitiendo, como en este congreso en el que estamos, en Panamá, que la literatura, siga viviendo como lo que ha sido siempre: un ejercicio de minorías dirigido a un núcleo de iniciados que luego la vierte a las masas en forma de sentido común, mentalidades, maneras de amar y odiar, identidades y costumbres. No sólo como un pasatiempo vacío para que los viajes y las esperas en la antesala del dentista se nos hagan llevaderos.

Centroamérica puede ser sin duda la sede natural de la masonería de la literatura que propusimos en la pieza anterior. Aquí se puede preservar en su estado natural ese "faisán que desaparece en la maleza" de que hablaba Walter Benjamin. Aquí, los escritores todavía están dispuestos a no vivir de lo escriben sino más bien -quién lo diría- a vivir para escribir. Sólo el atraso nos vacuna contra el mercado. Eso sí, depende de nosotros por cuánto tiempo permaneceremos vacunados, pues tenemos que decidir ya si queremos seguir viviendo en el atraso o si por el contrario aspiramos a engrosar las legiones de los triunfadores y reconocidos sepultureros de la literatura, dejándonos picar por el ubicuo e inevitable mosquito de la modernidad. En cualquiera de los casos, tendremos que ser capaces de que ninguna de las opciones a la mano nos cueste asesinar a la literatura tal y como la concebimos: como una práctica estética que nos da sentido cuando nosotros la construimos hermosa y libre, como una mulata que camina por laplaya con un clavel en el pelo.

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