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Desastre y caridad
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 12 de octubre de 2005

Llegué a Guatemala el domingo 9 de octubre por la noche. Al día siguiente, las noticias de los diarios sobre la tormenta tropical Stan eran aplastantes. Había seguido el curso de la catástrofe por los noticieros internacionales, pero las cifras del lunes 10 eran como para pensar en el fin del mundo.

Mucho se ha escrito acerca de que estas rachas de huracanes y tormentas son resultado del calentamiento del planeta por la emisión de gases tóxicos, y sobre que Bush recibió con Katrina el pago a su terquedad de boicotear los tratados internacionales para revertir el desastre ecológico. Quizás debamos agradecerle al impulsor de la guerra preventiva los daños colaterales que sufrimos por la contaminación global y por su intachable patriotismo a favor de la industria armamentista y energética de su país, su familia y sus amigos.

En países en los que las elites oligárquicas impiden mediante prácticas monopolistas que sus compatriotas gocen de igualdad de oportunidades para practicar la libre empresa, las víctimas directas de los llamados desastres naturales son siempre los excluidos de los derechos y obligaciones de la ciudadanía. Es el caso de las comunidades indígenas, que son las que han llevado la peor parte en esta y en las anteriores catástrofes.

Es cosa sabida que la moral oligárquica sustituye la justicia social con la caridad y la beneficencia, mediante las cuales logra tapar el sol con un dedo para aplacar su mala conciencia culposa y borrar cualquier brote de lucidez al explicarse el origen de su riqueza, y es así que por ahí vemos a sus practicantes haciendo acopio de la ayuda para los damnificados en la tragedia de Guatemala, colaborando junto a las capas medias y la pobrería, todos unidos por un elemental sentido de solidaridad. ¿Por qué, me pregunto, este amor al prójimo se practica sólo cuando ocurren tragedias de escándalo, olvidando la catástrofe de largo plazo que constituye la exclusión de las mayorías de la igualdad de oportunidades, una igualdad que no es otra cosa que la justicia social?

Igual que la oligarquía, las iglesias fundamentalistas habrán de alcanzar gran protagonismo humanitario desplegando su poder mediático para que sus fieles aumenten el diezmo; y también lo hará la jerarquía católica, que llamará a sus ovejas a poner a prueba la misericordia y la caridad para que su presencia se note en el concierto de instituciones y personas que después serán reconocidas públicamente por su excelente labor humanitaria. ¿Por qué no hacer de esta solidaridad oportuna y ocasional una práctica sostenida, aunque no como asistencialismo sino como construcción de un régimen de justicia social, es decir, de igualdad de oportunidades?

Nuestros desastres naturales tienen un profundo contenido de clase y étnico aunque nos afecten a todos, porque son los pobres los que ponen los muertos debido a que viven en condiciones marginales de pobreza y miseria. Es decir, en lo que la jerga oenegista a la moda llama eufemísticamente vulnerabilidad social.

Ojalá esta experiencia de solidaridad colectiva y amor al prójimo que pasa por encima de diferencias de clase y étnicas cuando de ayudar se trata, se convirtiera en punto de partida para generar una moral solidaria en todos los estratos sociales. Una moral que se concretara no en el melodrama lastimero, exhibicionista y fariseo sino en un proyecto económico de país que involucre a todos en el empleo y el consumo, en la libertad de empresa y la democracia radical. Esa democracia que brota de la raíz de los problemas.

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