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Un epitafio para la literatura
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 15 de octubre de 2005

Pasaron los días en que los jóvenes que empezaban a escribir soñaban con parir un libro imprescindible para su país y ojalá obtener con él un reconocimiento prestigioso. Ahora, sueñan con triunfar en un certamen auspiciado por alguna corporación editorial para que su libro se venda y así aparecer en las revistas de modas y de farándula.

Desde que a los mercadotécnicos se les ocurrió "rescatar" la literatura para incluirla en el menú consumista de quien gusta decorar su casa con una biblioteca y comentar el más reciente "bestseller" con sus amistades, las editoriales se asumieron plenamente como fábricas de libros, convirtiendo con ello a los escritores en "freelancers" de la narrativa y el ensayo. La poesía insiste en vivir inmune a los cantos de sirena del mercado y permanece saludablemente al margen de la fama y el éxito de las entrevistas televisadas.

Los agentes literarios son elementos fundamentales en el circuito de producción, circulación y consumo de novelas y otros libros de éxito. Ellos son los que se encargan de transmitir a sus representados los temas, el perfil de los personajes, los rasgos de las situaciones y el léxico que la editorial de que se trate anda buscando para lanzar un libro exitoso en el verano o el otoño del año tal y cual. Infalibles estudios de mercado, basados en los principios de la psicología del consumidor que tanto se ha desarrollado en los ámbitos de la administración de negocios, preceden las búsquedas de los agentes literarios y el febril trabajo de los obreros verbales que se sientan a fabricar sus novelas basadas en el machote propuesto.

Los mercadotécnicos se jactan de haber convertido a la literatura en un bien de consumo masivo, cuando arguyen que en las grandes librerías se venden bien los autores consagrados por la crítica académica. Evitan decir que esos libros permanecen cerrados en los libreros de los nuevos ricos y en las bibliotecas institucionales, pues lo que la gente de hecho lee, según indican los sondeos de mercado del ramo, son los libros "de autoayuda", los instantáneos textos religiosos abreviados y los "thrillers" basados en el efectismo machacón. Es decir, la banalidad, la superficialidad y la entretención vacía o con simulacros de contenido, como en El código Da Vinci.

Ahora, la literatura que todavía se hace siguiendo el sueño de expresar mediante la palabra una historia con un contenido en el que el autor arriesgue su alma y en la que los lectores lo acompañen en su viaje iniciático, se publica en ediciones artesanales salidas de editoriales pequeñas y a menudo efímeras, pues las grandes casas editoras que antes fueron consideradas prestigiosas publican productos diseñados por los "creativos" de sus departamentos de mercadeo y publicidad. A ellos obedecen los organizadores de los certámenes literarios, la crítica "especializada", los escritores famosos que controlan los premios en los concursos, y quienes los ganan para luego ser jurados de los mismos y pasar a hablar maravillas de quienes les dieron el galardón y de quienes ellos a su vez están premiando. Como se ve, la promoción de la literatura no se diferencia de la de los discos de música ligera ni de la de las salchichas empacadas al vacío.

El resultado es la desaparición del lector inteligente, aquél que antaño sabía diferenciar la prosa estética de la redacción desangelada, la expresión con garra de la enunciación cobarde. Ha desaparecido el lector que podía explicar la diferencia que existe entre la prosa de una novela de Günter Grass y la de una de Corín Tellado; y entre la profundidad de Lao Tse y la superficialidad de Paulo Coehlo. Ahora, los lectores se tragan todo sin poder distinguir diferencias. El mercado les atrofió el gusto estético y la capacidad de análisis, y éstos ya no existen sino en cada vez más reducidos círculos de iniciados que en sí mismos constituyen individuos de una marginalidad casi suicida.

En los departamentos de literatura de las universidades, los profesores han perdido también la capacidad de la lectura crítica y apreciativa, y les recetan a los estudiantes lo que los periodistas de secciones culturales y la "corrección política" afirman que son las grandes obras literarias del año, acatando así las orientaciones de los boletines informativos de las grandes editoriales y librerías, que también seducen a "críticos literarios" al uso para que escriban reseñas favorables sobre sus productos a cambio de un ejemplar de cada libro lindamente comentado. Es esta la mentalidad ligera que ha llevado a ciertos críticos de campus estadounidense a afirmar que el testimonio de Menchú significa una ruptura epistemológica que no ocurría desde la aparición del Discurso de método, de Descartes. Sin comentarios.

Este deterioro de la literatura, de los escritores, de la crítica y de los críticos implica también un deterioro del idioma, en este caso, del español. Con lo que el triunfo del mercado es completo en este terreno, pues no sólo logra hacer que su consumidor deje de pensar sino que también le impide comunicarse, sustituyendo el pensamiento y la comunicación por una cultura de hedonismo instantáneo, egoísta, banal y "divertido", basado en la interjección y la gestualidad sobrepuestas, las cuales sustituyen a las palabras, los conceptos y los contenidos frondosos. Una cultura "cool" que considera aburrida y "nerda" a la persona que discurre, analiza, impugna y propone con pasión y raciocinio. Una cultura que cincela como culminación de su triunfo el siguiente epitafio:

Aquí yacen la literatura, los escritores, los críticos y los lectores inteligentes. Su tumba es el mercado. Sus mausoleos la editorial, la librería y la universidad. Y sus coronas el éxito y la fama. Descansen en paz.

Mientras tanto, en la maravillosa instancia del "atraso", de las editoriales efímeras y de los escritores y lectores que necesitan de la literatura para dar sentido a sus vidas, las especies en extinción cuyo epitafio ha dictado la cultura "light" todavía se preservan. Aunque pareciera que no por mucho tiempo. Haría falta que los iniciados decidieran por fin fundar su masonería de la literatura y así hacer de ésta una ofrenda para la mayor gloria de la escasa humanidad que todavía se diferencia de los graciosos monos que habitan la lujuria de las selvas y la tristeza de los zoológicos.

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