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Literatura en llamas
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 20 de octubre de 2005

Cierta vez, un pintor, amigo mío, me dijo que escribir no requería de ninguna habilidad especial porque sólo se necesitaba saber leer para poder hacerlo. Esta opinión resulta de un desprecio espontáneo al idioma que hablamos y escribimos, al cual solemos imaginar como algo dado y no como el producto de un ejercicio laborioso de siglos por parte de los hablantes y los escritores que lo han refinado hasta hacerlo un ente autónomo, autosuficiente y en pleno desarrollo.

Cuando escuché esta opinión, yo acababa de publicar mi primer libro, una colección de cuentos breves titulado La debacle, en 1969. Tenía 19 años. Como escritor en ciernes no pude evitar un súbito y profundo complejo de inferioridad frente a los pintores, los escultores, los arquitectos y los cineastas. Todavía no comprendía lo que era un idioma y lo que implicaba desarrollar la capacidad de manejarlo. Creía que todo el mundo podía escribir si sabía leer porque yo no era capaz de establecer la diferencia entre redactar y hacer literatura. Percibía el español como algo adquirido sin dificultad y por tanto demasiado simple como para ser importante y respetable en algún sentido.

Después entendí que la enseñanza casi militarizada de la gramática en el medio educativo, así como el rechazo al estudio del idioma que eso produce, contribuye a que generaciones enteras no aprendan nunca a redactar informes técnicos, composiciones escolares, ensayos universitarios y ni siquiera cartas personales. Mucho menos cuentos o novelas. El rechazo defensivo hacia la lectura, la escritura y a todo lo que huela a corrección del idioma, surge gracias al generalizado "trauma gramatical" que sufrimos en la escuela, y ha llevado también a que la poesía sea a menudo un refugio en el que se ocultan una sintaxis y un vocabulario lamentables disfrazados de versos libres. En suma, la falta de bases gramaticales ha atrofiado en muchísima gente el gusto por la melodía, el ritmo y la cadencia que puede arrancársele al idioma si se lo manipula con la delicadeza de los sentimientos sinceros y con el vigor de las emociones libres, porque el desprecio al idioma trae consigo la incapacidad de leer con inteligencia, es decir, con empatía, con capacidad de análisis y autonomía de criterio.

Dicho de otra forma, si en la base del habla y de la escritura no hay un agudo sentido gramatical (que no tiene por qué ser inflexiblemente normativo ni mucho menos purista y académico sino que puede asumirse como del todo espontáneo y aprendido en la repetición de la práctica) en cuyo molde se viertan los sentimientos sinceros y las emociones libres de quien blande el idioma, la combinación de palabras que salga de sus manos será mera redacción y no literatura. Y si jamás nos afanamos por descubrir la importancia de desarrollar ese sentido estructural y normativo del idioma, tampoco podremos ser lectores capaces de diferenciar una obra de arte de otra que no lo es, ni de establecer la mayor o menor calidad de una pieza escrita. El resultado es un odio irritado hacia nuestro idioma y nuestra literatura, lo cual equivale de cierta manera profunda a odiarnos a nosotros mismos.

Algunos escritores comprenden esta verdad desde muy temprano en sus vidas, estudiando gramática, historia de la lengua y literatura. Otros, la aprenden a una edad más madura leyendo con la subjetividad a flor de piel, arriesgando los esquemas que los rigen y limitan hasta dejarse transformar por lo que leen. Pero hay quienes nunca sienten la necesidad de conocer la estructura, la historia y los desarrollos de su idioma, sino lo usan como quien emplea las manos para cavar en la tierra, es decir, como un instrumento despreciable cuyos componentes y pálpitos vitales no hace falta conocer y menos respetar a la hora de manejarlo como mero vehículo muerto para transmitir ideas poco profundas y menos frondosas. Como nadie puede pensar sin palabras, es obvio que nuestro manejo de ellas refleja la complejidad o simplicidad de nuestro pensamiento.

Cuando externé estos criterios hace unos meses, algunos colegas me llamaron la atención sobre las proverbiales faltas de ortografía de Asturias, visibles en los conocidos facsímiles de sus manuscritos, y me espetaron que Cardoza y Aragón empleaba correctores de estilo para que le revisaran las versiones finales de sus textos. Pero incluso aceptando estos hechos, el descuido y desprecio por el idioma, por su estructura y sus normas, que tantos escritores evidencian al negarse a aprender a poner acentos (aunque a todos se nos escapen algunos con mucha más frecuencia de la que quisiéramos), a esforzarse por no incurrir en faltas de ortografía (a pesar de que a todos nos suele traicionar el dedo de siempre), a manejar las concordancias y a evitar el dequeísmo, por ejemplo, no tiene excusa si pensamos que la lengua es la materia prima de la que nos hemos propuesto extraer belleza, contundencia y persuasión. Tanto menos si la excusa consiste en parapetarse detrás del frágil argumento según el cual en Hispanoamérica ejercemos el idioma de manera diferente que en España. No olvidemos que allí también el español se ejerce de manera diversa y plural. Y que aunque la literatura española y la hispanoamericana sean diferentes, cualquier lector con un mediano sentido práctico de la estructura y la normativa del idioma, se percata de que la calidad en ambas descansa siempre en este conocimiento, sobre el cual puede apoyarse felizmente la creatividad de los autores, sus audacias, desbordamientos e incluso transgresiones verbales.

Como tantos otros, yo también he dejado mal puestos por allí algunos textos lamentables, producidos en mi mencionada etapa de irresponsable aprendiz de escritor. Pero poco a poco mis textos han ido mejorando. Creo que ya comprendo la importancia de respetar el idioma para lograr decir lo que quiero. Y es por eso que me duelen los ojos y los oídos cuando leo o escucho a alguien hablar o escribir mi idioma como si estuviera arrastrando un trapo viejo. Pienso sobre todo en ciertos profesores de español en Estados Unidos, en algunos traductores infames cuya desfachatez chilla en los instructivos para hacer funcionar electrodomésticos, en tantos locutores de radio y televisión que piensan con la garganta, y en algunos escritores que, al igual que yo mismo hace algún tiempo, ven pasar como cristalina agua de río el que algunas editoriales publiquen sus libros con una o dos erratas en cada página.

Si nos consideramos ya demasiado escleróticos como para aprender solfa después de más de 40 años de tocar guitarra, o para asimilar rudimentos gramaticales luego de haber publicado una veintena de libros, quizá lo que nos convendría, por aquello del respeto al prójimo y a uno mismo, es no pensar nunca en ofrecer un concierto musical en conservatorio alguno ni en publicar más libros a medio hacer, sino más bien en reservar la guitarra para las imprescindibles reuniones de amigotes y en consagrar nuestras páginas inmortales al noble propósito de darles más y más vida a las alegres llamas de una acogedora hoguera.

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