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Visión de Guatemala
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 26 de octubre de 2005

Las iniciativas abundan de manera dispersa y fragmentaria.

Un entrañable amigo de la niñez, a quien debo la sugerencia de escribir sobre el liberalismo y la libre empresa, vino a mi casa y me preguntó a quemarropa: “¿Cuál es tu visión de Guatemala?” Yo empecé a barajar ideas. Mi amigo me interrumpió y me dijo: “No. Una visión describe un escenario futuro que debe ser positivo, alentador, apetecible, amplio y ambicioso, a fin de que funcione como guía para lograr objetivos compartidos. Quiero leer media página tuya sobre eso.” “¿Ahora?”, le pregunté. “Ahora...”, me dijo. Y esto fue lo que escribí.

Mi visión de Guatemala es la de un país con gran cantidad de empresarios que les den empleo a amplísimas capas medias y populares, y en el que los pobres sean una minoría en un mercado de trabajo rico y amplio que funcione como motor de una economía diversificada, capaz de obtener el máximo provecho de sus bosques, recursos mineros, turísticos, industriales y comerciales, contando con una infraestructura óptima.

Un país regido por un Estado pequeño y fuerte, eficiente y probo, manejado por profesionales calificados y con vocación de estadistas, quienes constituirían un grupo abierto, sujeto al escrutinio ciudadano y constantemente renovable.

Un país cuyo Estado incite y apoye a su ciudadanía para que ejerza el derecho a hacer de su niñez el principal recurso humano del futuro, mediante una educación laica, científica y humanista, desde la primaria hasta la universidad, la cual coadyuve a construir un ciudadano conocedor de su historia, de su cultura, de sus mestizajes y de su rica diversidad, todo lo cual se traduciría en un patriotismo crítico que velaría por el cumplimiento de las leyes y la probidad de los políticos, así como en un quehacer cultural, artístico y deportivo que sería digno emblema de la nacionalidad.

Un país en donde el poder y la generación libre de riqueza respondieran a un proyecto económico y político nacional que, al incluir a todos en el empleo y el consumo, se encaminara hacia fines estratégicos de interés interclasista e interétnico, tendentes al desarrollo y la prosperidad general según capacidades y necesidades concretas, de modo que no importaría qué partido político ejerza el poder del Estado, pues todos caminaríamos hacia la misma meta estratégica: la democratización creciente de la economía por medio de la generalización de la libre empresa, de la abolición de las prácticas monopolistas y proteccionistas, y del compartimiento de la iniciativa empresarial entre las elites económicas, los pequeños y medianos empresarios, las capas medias y los estratos populares. En suma, un país próspero, culto, educado y con alta autoestima.

¿Cómo hacerlo? Las iniciativas abundan, aunque de manera dispersa y fragmentaria. Pero si es posible converger en una visión compartida del país que queremos, es posible también discutir las estrategias necesarias para incorporarnos todos a un proyecto económico de libre generación de riqueza. Por ello, sugiero a las universidades convocar a todos los sectores sociales al planteo de una visión compartida de país, para luego pasar a construir un proyecto político y cultural de largo plazo, tendente todo a forjar la democracia y la prosperidad propias de una nación moderna y competitiva que solo puede nacer si la libertad de empresa se asienta en el ejercicio real de la igualdad de oportunidades vigilada por el Estado, es decir, en la justicia social. Lo demás es responsabilidad de los individuos, quienes así serían ya sujetos realmente iguales ante la ley, requisito indispensable para que exista y funcione el Estado de Derecho.

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