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En las cercanías de la creación
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 12 de noviembre de 2005

Hoy hace exactamente dos semanas, el sábado 30 de octubre, estaba yo parado en las playas de Tela, Honduras, contemplando el coletazo de la llegada del huracán Beta por la costa atlántica de Nicaragua, el Cabo Gracias a Dios y las montañas de Colón. Los vientos y las lluvias torrenciales se intensificaron el domingo 30 en Tela, al extremo de la paralización de muchas de las actividades costeras. Después, los cielos nublados me acompañaron a San Pedro Sula y Tegucigalpa en medio de bravas ráfagas de viento y lloviznas heladas durante toda la semana.

Esta vez no pude cumplir con el ritual de postrarme ante el portón de la cárcel de San Pedro para leer y releer el increíble anuncio que reza "Bienvenidos al centro penal". Siempre que lo veo, mi pensamiento se extravía tratando de elucidar si la bienvenida se dirige a los visitantes o a los nuevos presos. En ambos casos, el saludo es brutal. Pero así es el glorioso atraso centroamericano: brutal. En Guatemala, unos días antes, se habían escapado varias decenas de reos de una cárcel de máxima seguridad y ahora la pobre vida de los guardias de bancos y de los guardaespaldas de quienes califican como candidatos a ser secuestrados, penden de un hilo más delgado que el de costumbre. Los más peligrosos criminales convictos de Guatemala andan sueltos. Mientras, en Honduras, les dan la bienvenida a los suyos y de vez en cuando los acaban con incendios accidentales dentro de los presididos. Yo, que he sido preso político en dos ocasiones, puedo decir que no me cabe la menor duda de que, en materia de asuntos carcelarios, en Honduras saben más que en la ex Capitanía General.

Frustrado por la ausencia del ardiente sol hondureño, me refugié en los extraordinarios ensayos del Elogio de la ociosidad, de Bertrand Russell, quien salió al encuentro de mi naciente sentimiento de culpa por pensar superficialidades, diciendo que "concedemos demasiada poca importancia al goce y a la felicidad sencilla" y que entre las ventajas del ocio se encuentra lo que él llama "el buen carácter", pues "El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha".

Debido a que para quienes no han leído a Russell estas afirmaciones pueden parecer irresponsables (iba a escribir "ociosas"), es bueno adelantar que su razonamiento parte de un lúcido análisis de la "ética del trabajo" del capitalismo, entendida como táctica de manipulación de las clases trabajadoras, concluyendo, al igual que Marx en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en que mientras más tiempo libre tengan los seres humanos, mayor creatividad y fraternidad desarrollarán al no verse presionados por los mitos de la necesidad de incrementar sin más y en forma perenne la producción de mercancías innecesarias y la riqueza de los capitalistas.

En Honduras, mucha gente recibe mensajes en su correo electrónico y dilata la respuesta uno o dos meses, como cuando el correo llegaba a lomo de mula. Muchos aún no descubren, por fortuna, que el correo electrónico existe para ejercer con prisa y descuido la inmediatez banal. Como en el resto de Centroamérica, casi todos trabajan. Poco. Pero trabajan. Si el sentido de trabajar duro es llegar a disfrutar del ocio mediante una pensión, los centroamericanos populares prefieren disfrutar del ocio cada vez que pueden y trabajar cuando no hay más remedio. Claro que esto es posible sólo gracias al glorioso y proverbial atraso que nos mantiene más cerca de la Creación que cualquier otro pueblo de la Tierra. Porque si la economía fuera capaz de incorporar a todos a la producción y al consumo, nuestros países serían considerados prósperos y sus ciudadanos vivirían mucho menos gracias al estrés del deber cumplido. En cambio, mientras más alejada esté la región de las luces del consumismo compulsivo y del espejismo del progreso, la gente es más longeva, más sonriente y más afable. Resultando todo en que, entre estos seres felices, no se conoce todavía aquella frase escalofriante que se les inculca a los niños en el primer mundo y que reza: "No hables con extraños".

Quizás sea por eso que de vez en cuando sucumbo a la tentación de internarme en el subdesarrollo centroamericano haciendo lo que quizá pueda llamarse turismo popular. Me reanima (y me recuerda los tiempos en que organizaba pobres para la guerra popular) el aire fresco de los bosques y la risa franca de la gente que no sabe esconder sus emociones tan eficazmente como los centroamericanos urbanos, más afectados por las fallidas ínfulas del complejo de inferioridad tercermundista. También pienso que quizás reflexionar en serio sobre frases como "Bienvenidos al centro penal", implique seguir el consejo de Russell en cuanto a concederle la debida "importancia al goce y a la felicidad sencilla". Por eso, cuando salgo del monte y llego a cualquiera de las ciudades de la región, me asalta la irredenta incapacidad de "incorporación a la vida civil" que me ha acompañado como sombra desde que acabó la época en que uno simplemente buscaba eliminar a sus enemigos en lugar de andar simulando dialogar con ellos.

Guatemala, 10 de noviembre del 2006.

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