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Analfabetismo literario
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 19 de noviembre de 2005

Breve diatriba contra la vulgarización del escritor y la literatura

Como en mi país la mayoría de redactores de notas culturales suelen ignorar la diferencia que existe entre el acto literario de escribir y el acto mecánico de redactar, no tienen empacho (sus jefes tampoco) en llamar escritor a todo aquél que publica un libro, logrando con ello que el vulgo perciba que ejercer la literatura no es más que un acto divertido, facilón y al alcance de cualquier vecino que sepa medianamente leer. El resultado es un abismal bajón en la calidad de la literatura local, así como la percepción vulgar de que el cuento y la novela son dos géneros literarios que se diferencian sólo por su longitud, que el ensayo es una ensarta de ocurrencias sin ilación, yuxtapuestas como barajas de naipe, y que la poesía se trata de reescribir en verso los mantras victimizados de la "corrección política" feminista, étnica, homosexual y demás, para recitarla con lujo de exhibicionismo efectista en lugares considerados insólitos.

Los redactores de notas culturales desbordan, tanto en la prensa escrita como en la audiovisual, una generosidad sin límites cuando se trata de endilgar el apelativo de escritores a cuantos (y cuantas) publican un libro. De suerte que cualquier guerrillero (o guerrillera) que tenga algo que contar (casi todos y todas lo tienen) y que publique un libro relatando su historia, de la noche a la mañana se ve convertido en un escritor (o escritora) reconocido en el espacio santificador de las exiguas secciones culturales de los diarios y telenoticieros. Es decir, sancionado por el liviano estamento para el que todo lo que se publica es -por el mero hecho de ser publicado- literatura (ya que no es capaz de discernir lo que no lo es) en su yermo y desolado medio intelectual. Lo mismo ocurre con las amas de casa que narran como pueden sus amargas desventuras de cuatro paredes sin molestarse en leer (por ejemplo) a Clarice Lispector, o con los jovencitos que despotrican con rebuscada audacia formal en contra de su soledad existencial, descubriendo tardíamente por su cuenta todo lo que habrían encontrado a tiempo si se hubieran dado a la tarea de leer a los vanguardistas y existencialistas de la primera mitad del siglo pasado.

Esta eclosión de escritores (y escritoras) espontáneos -al estilo de los aspirantes a toreros- en los suplementos y secciones culturales de los medios masivos, a los cuales tan dadivosamente apadrinan reporteros que en su vida han oteado horizontes literarios de latitud alguna, conviene a todos los pobres de espíritu carentes de la debida atención familiar, porque de súbito adquieren una posición privilegiada, una identidad, un reconocimiento, un prestigio social y un aura de respetabilidad en los ámbitos paraliterarios constituidos por los institutos de cultura extranjeros, las galerías de arte, los cafés, los restaurantes y las cantinas de bohemia artificial en los que se suelen hacer las ruidosas presentaciones de sus libros.

A esto contribuye con gran efectividad un pequeño ejército de improvisados críticos literarios que se encargan de destacar las bondades de las obras en cuestión, para que sus amigos los autores puedan venderlas de mejor manera en el diminuto mercado local de lectores distraídos. Estos críticos, más instantáneos que el ingrato café soluble, suelen asimismo acudir a la velada de presentación para hacer los exordios correspondientes del autor (o autora) y su libro, acompañado todo de escasas tandas de mal vino, entremeses minúsculos, conversaciones banales y atuendos estrambóticos que llaman la atención de abúlicos concurrentes cuya expresión facial pareciera indicar que en su fuero interno se preguntan sin cesar qué diablos están haciendo allí.

Los libros no suelen venderse mucho, pero el estatus de escritor de quien publica uno permanece para siempre en el imaginario urbano de los que asisten o gustan de enterarse de estos "actos trascendentales que contribuyen al desarrollo de la cultura nacional", y es así como los flamantes autores (y autoras) obtienen su ingreso en la galería de notables literatos patrios, no importa que hayan empezado a leer literatura hace un año o dos a fin de prepararse para perpetrar su obra, puesto que vienen de dudosos pasados vocacionales remitidos a las ingenierías, las veterinarias, la medicina, el cuartel militar, el claustro religioso, el hogar respetable, la buena familia o la administración de empresas. Uno que otro quizá se haya atrevido a ganar algunos cursos de una maestría en literatura latinoamericana en una remota universidad estadounidense, o quizá haya aprendido en México que el quehacer paracultural puede tornarse ocasión de oportunidad para alcanzar puestecitos ligados a algún tosco y despistado mecenas en la administración pública. Y con esa autoridad se entronizan en el medio como mandarines de la cultura local.

Estos mandarines de la cultura son los que suelen manipular a los redactores de notas culturales para que publiquen entrevistas y reportajes sobre sus amigos, los autores (y autoras) que siempre aparecen como grandes promesas o como figuras consagradas de la literatura nacional, independientemente de que se trate de guerrilleros y soldados, o de chavalas y chavales rebeldillos a los que sus profesores de secundaria no pudieron enseñarles los rudimentos gramaticales y sintácticos imprescindibles para redactar una misiva. No digamos para escribir literatura.

La banalización de lo literario y de la condición de escritor (o escritora) es un subproducto de la cooptación que el mercado ha hecho de la llamada "alta cultura", a fin de ecualizarla para que pueda convertirse en una mercancía consumible por amplias masas que de esta manera no necesitan de preparación alguna para enfrentarse a un artefacto que, en su versión más depurada, es resultado de siglos de evolución específica y exige por ello un receptor adecuado a su particular calidad de desarrollo.

En países como el mío ha cundido esta vulgarización del acto literario y de la condición de escritor, la cual hasta hace muy poco debía ser ganada a pulso mediante la publicación de obras que fuesen sancionadas por un estamento crítico respetable. Ahora, la función y la condición de escritor es asumida alegremente por improvisados e irresponsables emborronadores de cuartillas que financian la publicación de sus obras en cualquier imprenta. La condición de crítico literario ha sido usurpada con lujo de despreocupada impunidad por los amigos de los autores de estos libros. La autoridad para conceder la calidad de escritor (o escritora) a quienes publican libros ha sido ocupada por diletantes incapaces de terminar siquiera una maestría en literatura. Y el lector inteligente ha sido sustituido por distraídos consumidores de obras mal redactadas para su entretención banal. Las contadas y honrosas excepciones -que por fortuna existen- sólo confirman la rotunda validez de esta regla.

Es por ello necesario constituir un estamento intelectual -como el que, en el caso de mi país, existió hasta los años setenta- que se oponga a esta ola banalizadora de lo cultural y lo literario, y lo haga mediante el ejercicio despiadado de su superioridad cultural y cognoscitiva, demostrable públicamente frente al diletantismo. Es imprescindible abocarse a la reconstitución de un estamento capaz de discernir qué sirve y qué no sirve en materia de obras literarias y de escritores, para que éste establezca con autoridad reconocida quiénes merecen, por su calidad, ser llamados así y quiénes son los aspirantes, los aprendices, y los farsantes. Se sabe que estos últimos son legión. Pero cada escritor genuino puede enfrentarse sin problemas a diez de ellos a la vez, ya que de cada una de sus decenas no se hace ni medio literato, artista o crítico verdadero. Eso está a la vista en el discurso vacuo que despliegan en sus catarsis públicas y en sus fallidas poses de rebeldes que dependen de adminículos risibles como boinas, chalecos, greñas, lutos y otros disfraces raídos para andar por ahí sintiéndose (y haciéndole saber al vulgo que son) escritores y artistas incomprendidos.

Hago un llamado a los pocos escritores y cultores de mi país para reivindicar su condición de creadores literarios. Es imperativo limpiar el ambiente de farsantes, diletantes y mediocres orientando adecuadamente a los encargados de secciones culturales para que cumplan de mejor manera con su noble trabajo. Nosotros sabemos que para ser escritor hace falta bastante más que redactar y publicar un libro.

Tenemos que sacudir su candidez para ver quién queda parado y dispuesto a ganarse el título al que aspiran con la pluma y con las entrañas. Se lo debemos al oficio, a la literatura y a la memoria de los excelentes artistas de la palabra que forjaron -desde los textos precolombinos hasta los testimonios de la actualidad- la muy respetable tradición literaria de la que somos producto. Esa que los farsantes rechazan y desechan sencillamente porque la ignoran y rehúsan tomarse el fatigoso trabajo de conocer, ya que les resulta más fácil sentarse a redactar un libro cualquiera, dárselo a un corrector de estilo medianamente capacitado y entregarlo a cualquier imprenta de esquina con ínfulas de casa editorial. Todo, para escarnio de la literatura y pasto de lectores incapaces de establecer la diferencia entre el ejercicio estético y el ejercicio meramente informativo de la palabra. Un estrago más -hay que recalcarlo- que le debemos al mercado y a su lógica de alcanzar mayores márgenes de lucro vendiendo más mercancías innecesarias y creando más consumidores disciplinados. En este caso, más papel, más tinta y más lectores analfabetos.

Guatemala, 17 de noviembre del 2005.

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