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Pasmosa coincidencia de intereses
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 30 de noviembre de 2005

No es probable que nuestros más furibundos partidarios del derecho a la diferencia , entre los que podemos contar a los mayas fundamentalistas, las feministas antimasculinas que esencializan las polaridades hombre-mujer y las enfrentan violentamente, así como los corifeos solidarios con estas supuestas luchas en contra de un orden étnico blanco (en nuestro caso, ladino) y patriarcal, se hayan dado cuenta de que el pensamiento corporativo-empresarial tiene como divisas de su frenético estímulo del consumismo (sin más y porque sí) precisamente la diversidad, la diferencia, la rebelión y la revolución tal y como la entendieron los hoy seniles o difuntos beats.

La rebelión beat tuvo sentido frente a un moralismo protestante de los años cincuenta que reprimía la sexualidad y los impulsos juveniles, y los reducía a prácticas regidas por una ley demasiado estrecha como para que los jóvenes de la posguerra se sintieran libres. Los beats y los movimientos subsiguientes se rebelaron en contra de este estatismo moral, y su rebelión marcó un cambio histórico en el mundo. Pero de entonces para acá ha corrido mucha agua bajos los puentes y, hoy día, cuando asistimos al desarrollo de una clase empresarial que realizó la hazaña de trasladar la importancia económica del complejo militar-industrial a la informática, los mensajes publicitarios y el trabajo de los hacedores de contenidos de conciencia ha cambiado drásticamente, de manera que ahora éstos propugnan precisamente por la rebelión y la fractura de normas como patrón de conducta de un consumidor que se debe sentir rebelde porque consume los productos que se anuncian en la tele o en internet.

Es así como podemos fácilmente constatar que la invitación a ser diferente es la regla y no la excepción de la publicidad transnacionalizada, y si trasladamos los términos de este márketing a la academia y los círculos ideológicos de la religiosidad de la diferencia (etnicismos, feminismos y movimientos gay esencialistas) nos percatamos de que todo el aparato cognoscitivo e ideológico que anima sus teorías, prácticas y acciones encaja perfectamente con los principios de la acción corporativo-empresarial de la llamada era informática, y que todo, por sí mismo, solamente constituye una revolución ficticia en los ámbitos de los mensajes simbólicos consumistas, y nada más.

En este sentido, el movimiento revolucionario basado en la diferencia y el atrevimiento a ser diferente no está destinado a cambiar nada sino a fortalecerlo todo tal y como ya existe. De donde no puede uno dejar de preguntarse: ¿es que estos movimientos esencialistas y fundamentalistas no constituyen más bien una vanguardia del conservadurismo ideológico (hoy disfrazado de revolucionario) y no de un liberalismo o radicalismo o revolucionarismo progresistas? Y también: ¿por qué los más furibundos (y los más serenos) exponentes de estos movimientos (tanto en nuestro medio como fuera de él) no se han percatado de esta pasmosa cuanto evidente coincidencia de intereses ideológicos?

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