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Los nuevos exilios y la seguridad de la muerte
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 10 de diciembre de 2005

Hasta antes de que finalizara la guerra fría, el exilio era por lo general un privilegio de la izquierdas. Poetas, intelectuales, activistas, estudiantes, colaboradores y simpatizantes de las organizaciones de izquierda salían triunfalmente al exilio y hacían vida en el extranjero amparados en su condición política, la cual lucía una vistosa aureola: de la imposibilidad del retorno al solar patrio so pena de persecución, tortura y ejecución por parte de los militares y los escuadrones de la muerte, cuyos aburridos sicarios esperaban pacientes la orden para la próxima captura en los patios de las lujosas residencias de sus patrocinadores oligarcas.

Ese exilio se desprestigió sobre todo porque la astucia de algunos pudo ver en él no sólo un pasaporte a la notoriedad fácil sino una coartada perfecta para escapar a lo que la mala conciencia indicaba, a saber, quedarse a luchar con los que no podían darse el elujo de salir al exilio. Con todo lo cual se hizo claro que presumir de exiliado tenía un lado oscuro: el del escape, la evasión, la huida, el escamoteo del deber. Por eso, sólo los viejos comunistas sovietizantes se atrevían a mencionar como parte de su currículo político sus repetidos exilios, evidenciando así un incurable burocratismo, que siempre confundieron con su nebulosa idea de lo que debía ser el poder revolucionario.

Pues bien, como decíamos, ése exilio acabó. La ironía triste es que después de la guerra fría y de los vernáculos acuerdos de paz, una nueva modalidad de exilio se instauró en el país: la de los secuestrados y familiares de secuestrados. No se trata esta vez de políticos, colaboradores o simpatizantes de izquierda sino de ciudadanos de cualquier credo que sufren una decepción mayúscula cuando constatan con ojos atónitos cómo los asesinos de sus seres queridos son puestos en libertad por el sistema de justicia local, cómo los tribunales entorpecen el curso de los juicios y, encima de todo, cómo les llueven las amenazas a ellos mismos y a otros familiares. El Estado no les responde. La protección de agencias israelíes de seguridad que la iniciativa privada puede finananciarse no basta para repeler la posibilidad de un secuestro. En fin, la decepción es grande. Y el país ya no es sentido como propio por estos nuevos exiliados posrevolucionarios.

Cuando el exilio es forzado (porque no todos los exilios lo son: hay algunos que caen como bendición del cielo, y si no que hablen los que medraron y medran con el negocio de los derechos humanos en la izquierda oficial), resulta doloroso y a menudo traumático: los hijos adoptan otras nacionalidades, las familias se dispersan, en fin.

El nuevo exilio producido por la paz y por una nueva casta de criminales profesionales formada a partir de ejércitos privados al servicio de oligarcas, es expresión y resultado de las componendas entre los militares y guerrilleros que pactaron su mutua impunidad en diciembre de 1996, dando al traste con la posibilidad de forjar un sistema de justicia eficiente y efectivo. Esta situación, cada vez más grave, es posible gracias a la ausencia de libertad económica que la oligarquía impone en detrimento de la pequeña y mediana empresa y de las capas medias de la población, impidiendo que la prosperidad se expanda en todas direcciones y que haya trabajo para las mayorías. De hecho, esta posibilidad es algo que no cabe en la dura cabeza de oligarcas que conciben el país como su finca, como lugar de saqueo y como club de caza, tiro y pesca. Además, esto produce también otro tipo de exiliados: los emigrantes que con sus remesas sostienen la economía local y cuyos centavos hacen que la oligarquía se afane por captar lo que pueda de ellos mediante servicios bancarios y otras formas de usura.

Nuevos exilios han sustituido a los viejos. Muchos de aquéllos son más respetables que muchos de éstos. Sea como fuere, pareciera que la única forma segura de permanecer en este país es estando muerto. A no ser que nos organicemos para intaurar un régimen de igualdad de oportunidades y libertad económica para todos, y no sólo para unas cuantas familias que reniegan de que sus campos y ciudades estén infestados de gente pobre y sucia que quién sabe por qué no se busca un empleo.

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