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¿Cómo pretender esa realidad?
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 6 de enero de 2021

Esquela luctuosa por Armando Manzanero


El poeta no se resigna ante la ausencia de la amada y a causa de ello le atribuye un cambio radical no sólo a su vida, sino a la vida en general. Por eso canta: “¿Cómo imaginar que la vida sigue igual? / ¿Cómo, si tus pasos ya no cruzan el portal?” El poeta hace depender de los pasos de la amada el cambio brusco que ha sufrido la Vida (con mayúscula). Y como en su mundo lo general está a merced de lo particular, un truncado amor de pareja tiene repercusiones cósmicas. Esto es romanticismo puro, aunque sin el ingrediente nacionalista que autorizó la sensibilidad de los poetas del XVIII y el XIX. ¿Para qué, si al romanticismo de bolero le parece vulgar el tono metálico y belicoso de los himnos nacionales? Con la mujer basta, aunque la patria también se llame María en el caso de Jorge Isaacs y Amalia en el de José Mármol. La patria es menos que la Vida (con mayúscula) y la Vida menos que la amada. En el mundo romántico el orden de las cosas se subvierte. Por eso es tan bonito.

De acá que el poeta siga cantando: “¿Cómo pretender esta realidad? / ¿Cómo, si hasta ayer brillaba el cielo en tu mirar?” El brillo del cielo depende de la mirada de la amada y ésta de la del poeta, quien es el dios que dispone el orden de este mundo hecho de versos amables. ¿Que su mirada cosifica a la amada? Claro, porque la hace ilusorio centro del universo, con lo que a la vez la ubica como causa eficiente de su desventura y del fracaso de la Vida. Todo lo cual, gracias al casco cultural cristiano que nos uniforma, hace de la mujer la culpable de todas las angustias y todos los quebrantos, como dice la canción.

Ante esta tragedia, el amante asume el papel de guarda moral de la Vida al preguntarse: “¿Cómo consolar a la rosa y al jazmín? / ¿Cómo, si tu risa ya no se oye en el jardín? / ¿Cómo he de mentirles que mañana volverás? / ¿Cómo despertar si tú no estás?” En otras palabras, ¿cómo engañar a la Vida (a la rosa y al jazmín) diciéndole que seguirá siendo como hasta ahora si ella (la causa eficiente de la dicha y la desdicha) ya no está para el amante (quien es el autoproclamado centro del universo)? ¿Con qué objeto entonces despertar (o volver a la Vida) si ella (el objeto de deseo) ya no está? La idea del suicidio ronda el jardín, una ausencia marchita las flores, el sentido de vivir cesa. Sin ella, él no tiene (oh) razón de ser.

El vigor del romanticismo radica en que, a contrapelo de todo sentido común, necesitamos creer en su mentira. Nos es vital asumir la ilusión desafiando la lucidez para poder vivir. Por eso, en jerga romántica se afirma que el amor es ciego, sobre todo “cuando es amor, amor ardiente como el fuego”, como dice otra canción.

Ese maravilloso constructo cultural llamado romanticismo sigue agitando pasiones después de varios siglos, desde la invención del mito de la media naranja, la cual aún obsesiona a inteligencias agudas y a sensibilidades heridas por la falta de afecto, incluso en esta época de absolutos relativismos posmodernos. ¿Por qué? Pues porque el objeto de deseo no existe para obtenerlo, sino para mantener la capacidad de desear. De aquí que, una vez logrado, ese objeto se desplace hacia otra cosa, persona o hecho. Con lo que el romanticismo se vitaliza y renueva su vigencia. Sólo son inmunes a él los torvos amargados estructurales.

Finalmente, el poeta muere en su ley: sin mentirle a la rosa ni al jazmín. ¿Cómo no consternarse? ¿Cómo pretender esa realidad? ¿Cómo, si hasta ayer brillaba el cielo en su mirar?

 

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