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La guerra legalista
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 16 de junio de 2021

¿Hay política más allá de arzuistas contra dionisistas?


Por lo visto, la guerra legalista (lawfare) continuar á entre arzuistas y dionisistas, ahora con la nueva de que los demócratas estadounidenses apoyan a los dionisistas y no a los arzuistas, como hacían hasta hace poco los republicanos. Los arzuistas tienen controlado el sistema de justicia, y éste es el principal frente de la guerra legalista. El argumento de Kamala, según el cual la migración se debe a la pobreza y la corrupción, justifica su apoyo a los dionisistas y a su constelación de oenegés “de izquierda” o progres o de derecha medio ilustrada. Si el arzuismo representa la reivindicación no sólo de la corrupción, sino del genocidio y del anticomunismo macartista (es decir, la retropolítica), el dionisismo representa la reivindicación del corporativismo neoliberal financista como futuro de la humanidad (es decir, la pospolítica), un futuro en el que derechas e izquierdas se fundirán en un mestizaje ideológico feliz (guácala) para caminar hacia un mundo de mayorías controladas por medios masivos. Esto, en materia ideológica global.

En materia ideológica local, el arzuismo es abierta y plenamente fascista y retrógrado, y el dionisismo es oblicuamente dictatorial con bandera corporativa y progre: por eso financia a la resaca de la izquierda revolucionaria y aboga por la tutela del improductivo capital corporativo financiero y especulador (Rothschild-Rockefeller-Soros et al). El arzuismo vive en un pasado colonial al que sólo se accede por medio de la nostalgia racista, mientras el dionisismo promete un futuro feliz más allá de derechas e izquierdas. A ambos parece desdecirlos lo que ocurre en Bolivia, Argentina, Chile, México y Perú, pero ellos siguen necios manteniendo el atraso estructural en su país para alcanzar pronto un estatus social como el de Haití y un gobierno tutelado por la ONU.

Es en este contexto que el público televidente guatemalteco asiste a la guerra legalista entre las dos facciones en las que está dividida la oligarquía local: arzuistas (de extrema derecha) y dionisistas (de derecha “moderada” o lila, asociada con la izquierda rosa, palidecida a fuerza de financiamientos de Soros y sus pares para llevar adelante luchas culturalistas e inocuas en cuanto a los problemas estructurales que han hecho retroceder a este país hasta antes de la revolución de 1944). Por todo, aquí, ya no hay luchas entre derechas e izquierdas, sino sólo entre dos derechas: la que todavía sueña con exterminar a las izquierdas, a los indígenas y a la “diversidad sexual”, y la que compró no sólo el derecho de enarbolar las reivindicaciones de estos tres grupos sociales, sino también el derecho a su impunidad y a su corrupción, y a liderar la lucha contra las mismas.

¿Cuál es la disyuntiva local? ¿Escoger entre arzuistas y dionisistas? ¿O partir las aguas oligárquicas con un amplio movimiento popular en el que cada uno de sus miembros signifique un voto para su partido político, el cual represente los intereses de las mayorías de este país, entre las cuales se incluye ya a las capas medias y a algunas pequeñas burguesías? ¿Es posible un movimiento así ―interclasista (no sólo campesino), interétnico (no sólo indígena), amplio (pero esencialmente nacional-popular), capaz de convertirse en interlocutor alternativo a la oligarquía y a sus facciones ante la tripolaridad global y de separar del Estado al poder económico oligárquico, causante de la corrupción pública? Las condiciones están maduras. ¿Lo están también los liderazgos?

 

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