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Hace 500 años llegaron a México
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 18 de agosto de 2021

Y hace 497 a Guatemala


En estos días, México conmemora la llamada conquista española. El 13 de agosto hizo 500 años de la caída de Tenochtitlan, capital de los aztecas situada en el Valle de México, después de un implacable asedio de 93 días por parte de un masivo ejército de indígenas y unos cuantos europeos. La fuerza invasora estuvo compuesta por 914 españoles y 75 mil soldados indígenas, la mayoría de los cuales eran tlaxcaltecas. Ellos conquistaron al imperio azteca. No me voy a detener en los detalles del asedio, que son fascinantes, sino más bien en el hecho obvio de que la derrota militar del imperio se debió a la enorme cantidad de soldados indígenas comandados ―según tácticas de guerra ya propias de la naciente modernidad europea― por una minoría de soldados españoles.

Como se sabe, Cortés logró el apoyo de los pueblos del Valle de México ―perennemente acosados por el tributo y las guerras a las que los obligaban los aztecas a fin de obtener prisioneros para el sacrificio a los dioses―, con quienes se alió en contra del poder central que controlaba casi toda Mesoamérica. Vale decir que el estado de confrontación militar en el que vivían los pueblos asentados bajo el dominio azteca, fue un factor militar clave para que tuviera éxito la conquista española de México, pues es obvio que los vencedores en el terreno de la guerra fueron los tlaxcaltecas y otros pueblos aliados a éstos y a los españoles.

La pregunta cándida suele ser ¿por qué no se unieron todos los pueblos indígenas contra el invasor extranjero? Y la respuesta es más desangelada de lo que podría esperarse. Porque creyeron que venciendo a su enemigo inmediato podrían recobrar su autonomía. No tenían idea de cómo pensaban y actuaban los españoles ni de qué era Europa y mucho menos de para qué se llevaba a cabo aquella guerra. La idea de colonización no figuraba en el imaginario indígena. En consecuencia, la secuela de esta inicial victoria militar fue la “segunda conquista”: el control de los corazones y las mentes de los vencidos por medio de la catequización y la imposición de una cultura sobre otra, así como por un mestizaje generalizado que acabó venciendo la resistencia cultural que duró todo el período de colonización, dando con ello lugar a un nuevo pueblo.

Tres años después, en 1524, el caso de Guatemala fue similar. Pedro de Alvarado ―con apenas 153 jinetes, 120 soldados de infantería y cuatro cañones, seguido por 400 mexicas, tlaxcaltecas y cholutecas― se alió con los cachiqueles y otros pueblos acosados por las guerras imperiales de los quichés y logró una rápida victoria sobre éstos, la cual fue luego consolidada por unos 300 mil guerreros quauhquecholtecas al mando de Jorge de Alvarado. Éstos instituyeron poderes locales propios que, entre otras cosas, cambiaron los nombres de origen maya de muchos poblados por nombres nahuas. Así, todo lo que termina en “tlan” y “nango” está en nahua. El control directo fue quauhquecholteca.

En el 2024 hará 500 años de la guerra de colonización de Guatemala, la cual se conoce como Conquista o, en otro tenor ideológico, Invasión española. Y supongo que, al igual que el Bicentenario de la Independencia, aquello habrá de ser celebrado y condenado por unos y conmemorado críticamente por otros. Sería sensato que unos y otros nos preparáramos para librar un cimentado debate intelectual crítico y respetuoso, a fin de no sólo atrincherarnos en la debilidad de la historia oficial y en la de la corrección política. Aún tenemos tiempo.

 

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