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El miedo y la loca de la casa
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 1 de septiembre de 2021

Sobre la obligación moral de cuidarnos mucho y pasarla bien


Se le atribuye a Aristóteles la sentencia: “El miedo es un sufrimiento producido por la espera de un mal”. Según ella, el miedo equivale a sufrir; es una forma de sufrir. Porque hay otras, como el dolor por la muerte, por la desilusión o por el odio. Pero todas estas producen el sufrimiento por medio de una acción directa sobre nuestro espíritu o nuestro cuerpo. El miedo empero no necesariamente actúa así. A veces brota como sufrimiento producido por la espera de algún mal, como dice Aristóteles. Y esta espera suele no tener ninguna base concreta como para que de hecho se llegue a producir el mal que tanto tememos, ni tampoco el mal que tememos suele tener una existencia tal que justifique la angustiosa espera. El miedo es pues una emoción que se origina en hechos imaginarios o reales a los que nosotros les adjudicamos un falso estatuto de causa.

Si nos preguntamos qué nos produce miedo, podemos responder que nos lo produce el autobús que se nos viene encima, el terremoto que azota la tierra, el asalto del que somos víctimas o la enfermedad que nos afecta. Pero si el miedo nos lo produce el autobús que arrolló a un amigo y que suponemos que alguna vez nos puede arrollar a nosotros, el terremoto que ocurrió hace más de 40 años y que tememos que pueda repetirse hoy, el asalto del que fue víctima mi primo y que supongo que me pueda suceder a mí en alguna ocasión, o la enfermedad de la que murió un conocido y que temo que me ataque a mí también, entonces estamos sufriendo por “la espera de un mal” imaginario. Y una inmensa cantidad de nuestros temores son así. Lo cual no implica que no sean reales, porque la agonía que nos inflige la espera indefinida del arribo de un mal que sólo existe en nuestra mente es un tormento concreto.

La mente nos hace sufrir si la dejamos ser la loca de la casa y no la mantenemos controlada por principios de realidad material y espiritual que nos permitan vivir con un nivel de dignidad que no admita ningún grado de esclavitud emocional ni moral, sino que nos garantice una existencia libre y creadora sin importar las circunstancias externas. A estos principios se les suele llamar principios espirituales, éticos y morales. Y cada cual los practica como ―y en la medida en que― buenamente le es posible hacerlo.

De aquí se sigue que el antídoto contra el miedo es moral, es ético, es espiritual, está construido de principios que se observan como normas voluntarias de vida que nos edifican. Y no como conjuntos de pautas rígidas que no comprendemos y que vivimos como camisas de fuerza llenas de represión, frustración y consecuente hipocresía. Menos aún como falsa intrepidez.

Hoy hay millones de individuos presa del miedo debido a la muerte por covid-19 de alguna persona conocida. Tanto los negacionistas como los entusiastas de la infame OMS, así como quienes ignoran su existencia y más aún su errático manejo de la epidemia, pueden sucumbir a ese miedo que irracionalmente postula como causa de la propia posibilidad de muerte al deceso por covid-19 de una persona conocida. Esperan un mal sólo porque el miedo se apoderó de ellas. Y quizá ese mal jamás llegará, pero mientras tanto el miedo ―convertido en insoportable espera de una fatalidad imaginaria― los mata en vida, les deteriora el sistema inmune y los puede enfermar.

Ante esto necesitamos blandir nuestra propia fortaleza espiritual y moral para que la lucidez prive sobre la locura y hagamos lo único posible de hacer: cuidarnos mucho y pasarla bien.

 

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