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A fuego lento
¿Debate de ideas o dogmas?
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 1 de febrero de 2007
mrobertomorales@yahoo.com

En el artículo “El ciudadano frente al socialismo”, Alfonso Galileo García Vela (Albedrío 31-1-07), dice que: “la apropiación por parte de la izquierda del ideario liberal me parece que es producto de una búsqueda de legitimación de los intelectuales de izquierda frente al mundo burgués, discurso reformista que solo termina justificando el status quo”, lo cual contradice su afirmación final sobre que “Para finalizar (sic) el objetivo de mi artículo anterior titulado “¡Hace falta el partido! pero, ¿con ideario liberal?” era iniciar un debate de ideas y no un ataque personal”.

Pero más allá de posturas izquierdistas dogmáticas, si algo no necesitan los intelectuales latinoamericanos es legitimarse frente al mundo burgués, que, como se sabe, aquí es supremamente inculto y no tiene uso para los intelectuales. En mi caso, echar mano del ideario liberal para contradecir las posiciones neoliberales de los patriarcas y los repetidores disciplinados de los dogmas de la Universidad Francisco Marroquín, me ha servido para probar que el neoliberalismo no es liberal, porque no procura ni la libre empresa ni la libre competencia, sino, por el contrario, es una ideología oligárquica y monopolista que navega con bandera liberal.

También he dicho que si la izquierda llevara el ideario liberal a sus últimas consecuencia, léase, libertad de empresa y libre competencia, así como justicia social (o igualdad de condiciones para la competencia y no igualitarismo populista con el que se le da, con lujo de asistencialismo paternalista, a la pobrería lo que no tiene) de parte del Estado, el neoliberalismo y la oligarquía se opondrían a ello, y precisamente por eso se podría aglutinar a un amplio espectro de simpatizantes entre los que estas dos fuerzas asfixian, como por ejemplo los empresarios pequeños y medianos, e incluso los grandes que no son oligarcas.

En otras palabras, lo del ideario liberal se propone como táctica, no como estrategia. No se trata de alcanzar el liberalismo como fin último de la economía y de la política, sino de un procedimiento por medio del cual modernizar las relaciones capitalistas locales, para poder caminar hacia donde el desarrollo democrático pueda llevar al país. Esto, sobre todo, pensando en que no existe ninguna fuerza capaz de llevar a la ciudadanía al socialismo (sea esto lo que fuere a estas alturas del partido). Lo cual me lleva a lo que sigue diciendo García Vela:

Siendo la libertad un prerrequisito para la democracia, la ideología liberal con su supuestos de libertad e igualdad jurídica, establece como necesario el capitalismo para la democracia. Pero dentro del ideario liberal no es posible la igualdad económica, así que, ¿cuáles son las consecuencias de esta desigualdad y de los intereses de clase en la búsqueda de la conquista de la libertad y la participación ciudadana?

Lenin habló de democracia burguesa y democracia proletaria, porque la democracia siempre ha sido democracia para algunos y no para todos, como lo prueba el caso del socialismo real y el caso del capitalismo en todas partes. Y habló de izquierdismo como enfermedad infantil para caracterizar las posiciones rígidas e intransigentes por dogmáticas. Libertad es otro concepto tan relativo como el de democracia, y si, como dice García Vela, el mismo es prerrequisito de la democracia, pues entonces habrá de estar de acuerdo en que los libres siempre han sido también unos pocos, tanto en el capitalismo como en el socialismo. Si para algo les ha servido a los marxistas el descalabro del socialismo real, es para aceptar que el socialismo no ha existido nunca, tal y como fue concebido para la modernidad anticapitalista. De modo que el concepto socialismo es también relativo, a no ser que postulemos los conceptos de libertad, democracia y socialismo como fijos y unívocos, sin aceptar el descalabro del socialismo real y la hegemonía neoliberal en el mundo. Una hegemonía que lo sitúa (al neoliberalismo) como el enemigo inmediato a vencer.

Entonces, la igualdad económica es también un concepto relativo a las elites que lo ponen en práctica. Para la izquierda dogmática significa ecualizar a la ciudadanía impidiendo que algunos individuos puedan prosperar más que otros con su trabajo personal, y los resultados de eso quedaron a la vista del mundo en 1989. Para el liberalismo significa que el Estado regule la igualdad de condiciones para competir, y que los resultados de esa competencia respondan a la capacidad de cada cual. Para el neoliberalismo, significa desregularizar la actividad económica de las elites y reducir el Estado a una oficina gerencial. Sentido histórico. Eso hace falta en esta discusión. Si no hay sentido histórico, hay dogmatismo y linchamientos ideológicos en nombre de ortodoxias de dudosa práctica y reputación. Lo cual me lleva a lo que sigue diciendo García Vela:

Bajo condiciones de desigualdad económica no puede haber libertad y mucho menos participación ciudadana, ya que el capitalismo democrático responde principalmente a los intereses de las clases dominantes”.

El problema de las izquierdas hoy día es que el igualitarismo económico del socialismo real no funcionó sino como retórica para justificar el bienestar de la casta política, por lo que echar mano del concepto “desigualdad económica” en su acepción doctrinaria izquierdista resulta del todo impolítico. No lo hace ni Lula, ni Chávez ni nadie. Y, por su parte, el concepto liberal de libertad económica como desigualdad, por virtud de la hegemonía del más fuerte, se convirtió en imperialismo y neoliberalismo oligárquico porque el Estado se puso al servicio del capital. Esta es la encrucijada. ¿Qué hacer de aquí en adelante? ¿Volver a transcurrir los mismos círculos ya transcurridos?

Al proponer el ideario liberal, su concepto de libertad económica y de justicia social (como igualdad de oportunidades), en calidad de táctica antioligárquica y antineoliberal, se intenta transcurrir un camino político que amplíe el sujeto del cambio para salir de la retórica obrero-campesina y vanguardista de la izquierda tradicional, que, lejos de debatir, reprime el libre debate político mediante linchamientos ideológicos. Porque resulta bastante contradictorio aferrarse a los principismos izquierdistas dogmáticos si todo (absolutamente todo) el movimiento de izquierda y sus “nuevos movimientos sociales” (étnicos, feministas, sindicalistas, etc.) están financiados por la cooperación internacional, la cual es un brazo económico e ideológico del capitalismo salvaje. Las fundaciones Soros y Rockefeler, y los organismos de financiamiento europeos que posibilitan aquí las luchas sociales de la sociedad civil y la sobrevivencia misma de la izquierda tradicional, impiden que esos movimientos sean autónomos, haciendo de su discurso de libertad, democracia e igualdad económica proletaria, otra retórica demagógica que le hace el juego a la derecha y al imperialismo.

Me parece por ello de una gran pobreza argumentativa echar mano del dogmatismo izquierdista para descalificar propuestas audaces, tachándolas de traidoras y oportunistas. Porque cabe preguntar: ¿quién es más oportunista? ¿Un intelectual que se permite pensar por su cuenta y sin la censura de ningún partido, o alguien cuya organización “socialista” depende del financiamiento de los países capitalistas?

La construcción del socialismo del siglo XXI (sea eso lo que fuere) transita por caminos inéditos y, como diría Mariátegui, será creación heroica o no será. Será creación. No seguidismo dogmático y principista. Ante esta realidad, el debate de ideas está abierto. Y, por lo visto, plagado todavía de linchamientos ideológicos y juicios inquisitoriales, a pesar de que las dirigencias de la izquierda tradicional responden con prontitud canina al tosco llamado de los amos de la cooperación internacional, sobre todo desde que firmaron la trágica paz que estamos padeciendo.

Guatemala, 31 de enero del 2007.

www.albedrio.org


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