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A fuego lento
El guerrillero imaginario
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 7 de febrero de 2007

Durante los años del conflicto armado, nuestro héroe interiorizó todo el imaginario montaraz y guevariano de la lírica de la lucha armada, y se imaginó a sí mismo con una boina verde, barbado, sudoroso y admirado por hermosas militantes que lo seguían por los senderos de la selva rogándole que les dedicara aunque fuera una noche a cada una. Como esta fantasía nunca se concretó, nuestro héroe hubo de presumir de guerrillero en México, Costa Rica, Europa y Estados Unidos, logrando cautivar a varias bellas incautas que se tragaron el cuento que les hacía sobre sus mil combates y espectaculares escapatorias entre lluvias de balas y cercos enemigos en la ciudad y en la montaña.

Cuando su ansiedad se volvió insoportable porque la necesidad de aprobación exigía cada vez más y más falsos heroísmos, inventó estar traumatizado por los horrores que había podido presenciar durante sus arriesgadas operaciones militares, habló de amigos muertos, mutilados, capturados y hasta torturados, así como de masacres de las que pudo escapar sólo gracias a su sangre fría y buena fortuna. La incauta de turno lo compadecía, desbordante de admiración, para luego atestiguar su partida hacia otros brazos y otros labios (como dice el bolero) sobre los que nuestro héroe podría repetir su rutina de guerrillero imaginario y su nutrido alarde de creación testimonial.

Experto en memorizar anécdotas ajenas, siempre se ponía él como personaje central de las hazañas o las locuras de arrojados personajes a los que ni lejanamente pudo conocer. Hábil fabulador de hechos reales, se adjudicaba ciertas acciones y negaba otras que, según él, también le eran adjudicadas, ofreciendo así la necesaria dosis de modestia que enardecía a la incauta de turno hasta el extremo de intensos cuidados maternales a cualquier hora del día o de la noche.

La comunidad internacional se saturó de guerrilleros como él, quienes, cuando se firmó la paz entre los socios de la guerra, volvieron su país y siguieron seduciendo incautas con la misma canción heroica amasada por años de constante imaginación, añadiéndole ahora ciertos ribetes indigenistas de moda, así como detalles de proporciones épicas de los cuales solamente él había sido testigo. Pero a estas alturas, cuando toda la militancia y también la legión de agónicos incondicionales de la causa revolucionaria se habían reunido en la ciudad, los chismes comenzaron a cundir y lo evidenciaron paulatinamente como alguien que jamás había estado en la montaña, a no ser en el club campestre del mismo nombre (aunque, quién sabe) o tal vez en una cantina del Mercado Colón a la que llaman La Sierra Maestra, por las barbas crecidas de todos sus parroquianos.

Expuesto y evidenciado en su verdadera imagen y dimensión humanas, nuestro héroe está teniendo serias dificultades para incorporarse a la vida civil, y se encuentra en medio de trámites para fundar una ONG que atienda a los traumatizados de guerra imaginarios. Su lógica es que, ¿en qué se diferencia alguien que sufrió de veras y alguien que sufrió de mentira? El sufrimiento, dice, es el mismo, y todos somos víctimas. Su mayor problema es que las incautas dejaron de serlo y ya no creen en heroísmos. Y como para la gente normal no existen -todavía- oenegés, nuestro héroe está pensando seriamente en volverse evangélico fundamentalista y ver si en esos espacios tiene un mejor futuro para su prolífica imaginación.

Cedar Falls (EEUU), 12 de abril de 1999.

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