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A fuego lento
Sobre el discurso autoritario subalterno
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 17 de febrero de 2007

Yo creo que si ciertos grupos organizados de quichés, kekchíes, mames, etc., han tomado la decisión política de autonombrarse "mayas", tienen pleno derecho de hacerlo. La identidad, a fin de cuentas, es siempre una creación ideológica que cumple funciones políticas y sociales. Tradicionalmente, la literatura ha sido un espacio prvilegiado de creación de identidades nacionales, especialmente en América Latina, y es de este hecho de donde surge esa concepción demiúrgica del escritor y el intelectual, percibido por la sociedad como guía y conciencia de su tiempo, y que lo hace objeto de reconocimientos que lo elevan al rango de símbolo y de comodín polítco circunstancial.

Este papel del escritor, sin embargo, se ha visto notablemente disminuido ante el que, como espacios de articulación de identidades colectivas, han asumido los medios masivos de comunicación, mediante el implantamiento de iconos ideológicos en la conciencia de amplísimos conglomerados con identidades híbridas, ya homogenizados en muchos aspectos ideológics por la cultura superficial de la globalización.

Estos párrafos iniciales quieren servir para establecer que: 1) las "letras" ya no constituyen un espacio privilegiado para hacer valer representatividades étnicas o multiculturales, y 2) que las identidades de un país multicultural son, además de híbridas y mestizas, construcciones ideológicas inducidas por el mensaje de los medios masivos, los cuales articulan conductas y formas de autopercepción en la gente, que han dejado atrás hace tiempo los "purismos" de los antropólogos de la nostalgia aborígen: los aborigenistas.

Por todo lo dicho, resulta raro que hoy por hoy, campee por ahí la idea de que nadie conoce ni puede conocer a los mayas de la antigüedad: su cosmogonía, su cultura, sus secretos. Y que solamente los "mayas" actuales pueden hablar o escribir sobre los mayas. Esta idea esotérica campea entre "mayas" y ladinos, y es una forma más en la que se manifiesta la mutua exclusión que sirve de eje para definir algunas de las identidades híbridas (no las hay puras) de Guatemala: la racista ladina y la racista "maya".

En una sociedad regida por mentalidades binarias, mutuamente excluyentes y, por ello, mutuamente complementarias para la mantención del binarismo racista, no resulta fácil encontrar salidas al maniqueísmo binario y por eso, ahora, los ladinos "consecuentes" se autodesautorizan para hablar o escribir sobre los "mayas", y éstos arguyen que sólo ellos pueden (y saben) hablar de los misteriosos habitantes del Mayab. Oh, quebranto histórico, oh, escisión insuperable: la ladinidad no vale nada... oh…

Otra cosa muy diferente es que ya a ningún ladino se le deje pasar inadvertido su paternalismo y se le impida "defender a los indios" y se le exija que los deje defenderse solos; o que no se permita que ladino alguno represente la etnicidad ajena. Lo que deja las negociaciones de paz en un limbo absurdo en el que los ladinos discutieron, sin representatividad legítima, nada menos que la identidad y los derechos de los pueblos indígenas.

Pero que se me obligue a no hablar o a no escribir de los mayas (y "mayas") o de los chinos o de los árabes, me parece una coacción, un autoritarismo más, inaceptable y, en el caso de nuestro país, otra variante de la separatidad, el binarismo, el maniqueísmo y el mecanicismo propio de todos los racismos. Vengan de donde vengan. Vayan para donde vayan.

Una cosa es el autonomismo y otra cosa es el autoritarismo racista subalterno, aunque éste sólo campee en la esfera de las ideologías y las mentalidades de la subalternidad. El discurso autoritario lo es en cualquier parte, y las desconstrucciones de tales discursos son perfectamente aplicables a todas sus posibles variantes; basta que estén articuladas por ideologías autoritarias. De modo que a defenderse solos, y a tolerar que quien lo tenga a bien exprese su pensamiento sobre los mayas o los "mayas". Eso sí, sin arrogarse representatividades que no se tienen.

Pittsburgh, 1996

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