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A fuego lento
Sacrificar el sufrimiento
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 24 de febrero de 2007

Manipular a la gente partiendo de sus temores es una práctica tan facil cuanto denigrante para quien la padece como para quien la ejerce. No existe crimen más deplorable que el que se perpetra en personas con algún grado de indefensión. En este caso, el temor es indefensión. Si está basado en condicionamientos inducidos, el miedo paraliza y hace que quien lo padece pueda ser manipulado hasta para actuar en contra de sus propias convicciones y conveniencias. Han sido los temores de miles de personas de los que tanto la derecha como la izquierda se han valido para lograr que amplios conglomerados actuaran de acuerdo a los intereses de las cúpulas de poder. El discurso demagógico es el vehículo privilegiado de esta manipulación, y apela siempre a los puntos que activan el temor en las personas a ser manipuladas.

En la izquierda se forjó el mito de que quien pegaba tiros estaba arriesgando su vida por quienes no la arriesgaban; que quien tiraba tiros recibiría su propio tiro en cualquier momento y en lugar de quien no se atrevía a vivir el espejismo de la heroicidad. De esta manera, el miedo a ser forzados a hacer tareas que no querían o no podían hacer, condicionó que muchas personas generaran un fuerte sentimiento de culpa frente a los caídos y que, incluso, desarrollara una patología necrófila de culto a la propia desaparición, la cual, al no sobrevenir, hacía que la culpa aumentara hasta la desesperación y la necesidad expiatoria. Hoy día, mucha gente sigue viviendo en la penumbra del anonimato y pensando y sintiendo que no merece vivir porque no murió en la lucha. Por ello mitifica a los muertos, cuyo peso aplasta sus malas conciencias hasta el patetismo tragicómico y el doloroso ridículo.

Como toda patología, esta culpa autodestructiva ha creado sus mecanismos de constante renovación, la cual logra mediante torturantes dosis de cierta música, ciertas lecturas, ciertos obsesivos recuerdos y comentarios, y ciertos rituales circulares que reciclan el sufrimiento expiatorio que, a manera de infierno viviente, la víctima de la necrofilia culposa realiza con puntualidad desesperante, autoflagelatoria, cruel.

A estas personas que, por no haber experimentado la simple verdad de que los héroes y mártires fueron gente de carne y hueso (con debilidades humanas), todavía siguen a pie juntillas los dictados, lineazos y mitologías inducidas de la izquierda que ya se acabó, se les debe ayudar a liberarse. Una forma de hacerlo es que quienes han fomentado esta gravísima enfermedad en su militancia por fin la eximan de sus sentimientos enfermizos, los cuales la hacen acrítica, dogmática y fanática y, por todo, políticamente poco rentable.

Tanto por razones pragmáticas como humanitarias, es necesario contribuir a liberar de la culpa a tanto ser humano que se consume en el mundo, ardiendo en esta llama absurda que no sólo nunca tuvo razón de encenderse sino que ahora -de cara a los acontecimientos históricos- la tiene mucho menos. Como todo sufrimiento espiritual, éste es un sufrimiento autoimpuesto, pero quien lo padece lo ignora y toma su síntoma neurótico como realidad. Quienes saben cómo es (y cómo fue) la realidad, tienen en sus manos elaborar un discurso liberador de los fanatismos y dogmatismos para ponerle un alto al sufrimiento inútil de tanta gente y para convertirla en un conglomerado de personas útiles y activas para la sociedad, la política y sus propias aspiraciones individuales. Gurdjieff decía que lo único que hay que sacrificar en este mundo es el sufrimiento. Ya es hora de hacerle caso, ¿no?

Cedar Falls (EEUU), 22 de marzo de 1999.

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