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A fuego lento
Tácticas supletorias de la subalternidad
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 10 de marzo de 2007

El temor y la culpa son las dos emociones a las que se apela cuando se quiere, por un lado, victimizarse y hacer valer la lástima, y, por otro, asustar con algún petate de muerto para intimidar a quienes interese intimidar. La doble táctica de victimizarse y asustar con el petate del muerto implica quejarse de ser agredido y al mismo tiempo plantearse a sí mismo como parte de un grupo lo suficientemente fuerte como para destruir a los supuestos agresores si decide hacerlo. En otras palabras, el mensaje de la doble táctica es: "Pobrecito yo que estoy siendo agredido, pero pobrecito mi agresor si mi grupo reacciona, porque lo va a matar". Chillar y envalentonarse al mismo tiempo.

Las conciencias ingenuas caen en la trampa y empiezan a predicar la calma, la serenidad, la cordura y otras virtudes impracticables en un clima de suyo violento, para evitar que la sangre llegue al río. Dos verdades que ha instaurado la experiencia sirven mucho para lidiar con este asunto: una, es la que indica que detrás de un autovictimizado casi siempre hay un oportunista, y otra, que dice que perro que ladra no muerde. Victimizarse y amenazar es, pues, sinónimo de enanismo ético e intelectual. La retórica del caso consiste en pedir al opresor ser compasivo con el oprimido (al quejarse de la actitud de aquel) y también en amenazar al opresor con la furia destructora del oprimido (al asustarlo con el petate del muerto), creando con ello una automática defensividad en el opresor que, de hecho, sí puede provocar que la sangre anegue el arroyo. Esta táctica la ponen en práctica algunas dirigencias subalternas, reivindicando su derecho de participar del mundo de privilegios del opresor, al cual acceden por lo general sólo los pequeños grupos que dicen representar los intereses colectivos. Estas elites se ubican en los espacios de privilegio y medran allí tranquilamente, arrogándose la representatividad política y moral de los grupos marginados que a menudo ni se enteran de las maniobras de sus dizque dirigentes. Este es el problema que plantean las elites de poder. Es decir, el problema de la traición a los intereses de los grupos que dicen representar y en cuyo nombre hacen las gestiones que las mantienen viviendo en los ansiados espacios de privilegio de la opresión que dicen repudiar.

No sólo las dirigencias de los partidos políticos caen en esto. También las de toda suerte de movimientos emancipadores de la mayor raigambre popular. La fase de conciencia popular en que el oprimido ansía ser como el opresor es difícil de superar. Llegar a la conciencia de la necesidad de liberar tanto al oprimido como al opresor es sumamente difícil, y por lo general las dirigencias se contentan con soñar darle vuelta a la medalla para vivir ellas en la opulencia que ansiaban y con el poder que querían tener. Pero como para mantenerse en esa posición les hace falta el apoyo de los grupos que dicen representar, ponen en práctica toda clase de mecanismos llamados de participación, a fin de que los observadores foráneos -que por lo general financian a estas elites- puedan constatar que existe representatividad en ellas y que algo están haciendo por los pobres oprimidos. Las elecciones, los comités, los talleres, los cursillos, las conferencias y demás actividades llamadas participativas cumplen esta función: mantener a las elites de poder recibiendo el dinero que les permite acceder a los espacios de poder y privilegio, todo en nombre de los grupos marginados, oprimidos, subalternos, a los que no representan.

¿Que hay excepciones? Sí las hay: las necesarias para justificar la regla. El discurso de la victimización-agresión se enmarca en esta táctica. Si una elite que dice representar a un grupo marginado no puede tener a un enemigo o victimizador visible, sus financiamientos quizá disminuyan. Pero si logra crear un victimizador perverso, entonces lo magnifica justificando así los financiamientos foráneos para sus revistas, panfletos, talleres y cursillos. Hay especialistas en esta clase de trabajo. Hay excepciones también, por supuesto. Pero el mecanismo expuesto suele ser la norma. En dos platos, las elites dirigenciales que dependen de la cooperación internacional no tienen la representatividad de las masas y, por lo tanto, no son agentes del cambio social ni político, sino reforzadoras del estatus quo.

22 de noviembre de 1999

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