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A fuego lento
Purismos etnocidas
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 21 de marzo de 2007

No hay que confundir multiculturalidad con multiculturalismo. Multiculturalidad es una palabra que designa una realidad cultural diversa, mientras que multiculturalismo designa un movimiento y una ideología que magnifica las diferencias culturales para que la lucha por su reivindicación pueda usarse para lograr cuotas de poder frente a un sujeto étnicamente dominante en una sociedad que éste pretende mantener étnica y racialmente homogénea. De modo que la multiculturalidad o el carácter multicultural de una sociedad simplemente designa una realidad cultural diversa, pero no ilustra su dinámica. Esta dinámica, sobre todo en un país en el que el mestizaje no es un elemento secundario y marginal (como en las sociedades homogéneas en las que se aplica el multiculturalismo), sino que constituye el elemento principal y el eje que explica las relaciones interétnicas, sólo puede ser expresada mediante el término interculturalidad.

En efecto, interculturalidad es un concepto que designa una realidad cultural y étnicamente diversa pero cuya diversidad no coexiste en compartimientos estancos y aislados, sino que se relaciona intensa y conflictivamente articulando sus diferencias en una gran multiplicidad de mestizajes que acusan énfasis diversos determinados por la clase, la etnia y el género del individuo de que se trate. Las diferencias que se articulan en una sociedad intercultural no lo hacen uniformemente en toda la gente. Un indígena rico de Xela no articula su cultura indígena con los elementos de la cultura ladina de la misma manera como lo hace un indígena pobre de Sumpango. Ni un ladino rico de Cobán articula sus diferencias ladinas con elementos de la cultura indígena de la misma manera como lo hace un ladino de clase media de la capital. La clase, la etnicidad (sus énfasis culturales) y el sexo determinan la específica forma como las diferencias interculturales se articulan en cada individuo o grupo.

Por ello, es en los puntos en que las diferencias se articulan que debemos situar el análisis a la hora de pensar el país y de diseñar políticas culturales y contenidos curriculares de educación intercultural bilingüe, y no en las diferencias concebidas como separadas, irreconciliables y enfrentadas unas contra las otras. Si somos del criterio de que hay que fortalecer las culturas indígenas -concebidas desde una óptica multiculuralista y diferenciadora- para realizar la negociación interétnica con la ladinidad, debemos preguntarnos qué es lo que queremos fortalecer: ¿las relaciones económicas premodernas y la campesinidad, mezcladas con consumos globalizados como la televisión por cable, los videojuegos y la música tex-mex? ¿Una cultura construida como "pura" para oponerla a la cultura ladina como "otredad" totalmente diferenciada y superior? ¿O, mejor, una diferencia de grado cuyo principal problema para articular sus diferencias libremente lo constituyen las condiciones económicas y sociales en que viven todos los pobres de este país y los indígenas en particular?

Haciendo prevalecer el criterio económico por encima del culturalista (sin que éste se anule) tocamos el corazón del problema de Guatemala, y atacamos el factor determinante de la opresión cultural. Si procedemos al revés, sólo logramos cambios cosméticos y cuotas de poder para elites ligadas a los poderes que causan la opresión de los grupos marginados. Si en vez del multiculturalismo separador impulsamos un interculturalismo de las diferencias articuladas, estaremos protagonizando un deliberado proceso de interculturación conciente que nos educará para valorar aquello que del "otro" tenemos interiorizado y que nos constituye como mestizos diferenciados (nunca iguales), aunque hayamos sido educados para abjurar de ello y soñemos en vano con toda suerte de purismos etnocidas tan ridículos como imposibles.

3 de junio del 2000.

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