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A fuego lento
¿Qué es el síndrome de Maximón?
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 25 de marzo de 2007

Empecemos por intentar una interpretación del enigmático personaje llamado Maximón (sin pretender que sea la única verdadera). Esta deidad indígena se encuentra en lugares como Santiago Atitlán, San Juan La Laguna y Zunil, y también en San Andrés Itzapa, donde recibe el nombre de San Simón. Los antropólogos que la han estudiado piensan que la imagen está asociada con San Pedro, con Judas Iscariote y con Pedro de Alvarado, pero a mí me parece que también debe tener una identidad precolombina que puede estar asociada con algunas de las múltiples transfiguraciones de Kukulkán, la serpiente emplumada, unión de reptil y ave, de cielo y tierra, la deidad máxima de los mesoamericanos, porque su facultad transfiguradora (típica de las deidades precolombinas, que también eran andróginas) así parece sugerirlo. Símbolo de la unidad y lucha de contrarios como fuente del desarrollo y de la multiplicidad de lo real, la serpiente emplumada origina a todas sus variantes divinas mediante transfiguraciones infinitas que pueden afirmarla o negarla y que, precisamente por ello, le otorgan una perenne movilidad en el tiempo.

El sincretismo que observamos en Maximón tiene obvios orígenes coloniales, de la época cuando los curas mendicantes sustituían dioses y diosas precolombinos por santos y vírgenes cristianos para catequizar a los indios. Lo interesante es que Maximón se asocia, en la mentalidad de sus fieles (según Michael Mendelson en su estudio de 1967), con la traición y la destrucción, pues San Pedro traicionó a Cristo, Judas también, y Pedro de Alvarado destruyó la civilización local. Si esto es así, ¿por qué entonces los indígenas adoran a esta deidad? ¿Adoran a sus verdugos, o adoran lo que queda de la deidad precolombina que, vencida pero no destruida por los dioses enemigos de allende el mar, se transfigura en ellos disfrazándose con sus atuendos para seguir vigente?

Así como los indios que rezan en la iglesia de Chichicastenango lo hacen mirando hacia el suelo porque la iglesia está construida sobre una pirámide, ¿será que los adoradores de Maximón rinden culto a la deidad precolombina disfrazada de su enemigo el conquistador y de sus vencedores los dioses (santos) extranjeros? Probablemente se trate de una intrincada mezcla de todo esto. Pero me parece que lo más importante a estas alturas es percatarse del carácter negociador de la deidad, en el sentido de que cambia de identidades y se disfraza constantemente de su contrario, como Kukulkán-Quetzalcóatl se convertía en Tezcatlipoca, su lado oscuro. Quizás por eso, Maximón puede hacer milagros buenos y malos, como bien lo saben sus feligreses, que no acaban de entender la diferencia entre santos y dioses ni la unilateralidad buena del cristianismo, pues su concepción del mundo se acerca mucho más a la dialéctica del yin-yang que a la vana pretensión racionalista de sólo practicar la bondad ignorando su contrario y condición básica de existencia.

Un hecho fascinante es que el Maximón de Santiago es una máscara debajo de la cual no hay rostro. Por lo que se puede decir que Maximón es la máscara y, por ello, es (representa) la capacidad transfigurativa, la negociación de identidades, el movimiento del mestizaje intercultural. En suma, es una deidad-sujeto interculturadora, y en eso es igual a sus feligreses indígenas (en el caso de la cofradía de Santiago y otras) y ladinos (en el caso del San Simón de San Andrés Itzapa). Por su parte, los fieles del Maximón de Atitlán igual lo visitan a él de noche y en secreto, que a Jehová en avivamientos públicos de día, y también a Cristo en la soledad de la iglesia católica por las tardes. Es decir que ellos mismos negocian su identidad religiosa según las necesidades que les plantea la circunstancia concreta en que se encuentran, quedando bien con todos los dioses que pueblan su intenso imaginario, tal como lo hacían sus ancestros precolombinos.

Cuando hablamos del síndrome de Maximón, estamos usando una metáfora para referirnos a nuestra habilidad para transitar de un código cultural a otro, de una identidad a otra en una realidad intercultural e interétnica dinámica como es la nuestra. Este síndrome puede ser conflictivo y doloroso en el caso de indígenas que se sienten culpables por desear el modo de vida ladino y criollo, y en el caso de ladinos y criollos que se avergüenzan de su ancestro indígena. Pero puede ser pleno y gozoso en quienes asumen su particular mestizaje como identidad digna y saben valorar ambas vertientes de su cultura y su etnicidad. En estos casos, el síndrome de Maximón es una bendición. En los otros, es el infierno.

¿De qué manera padezco o gozo yo el síndrome de Maximón?, es la pregunta obligada de los guatemaltecos mestizos (¿los hay que no lo sean?), indios o ladinos. Y de la respuesta sincera a ella dependerá la semilla de conciencia de la que brotará la democratización interétnica de nuestro país, ya que responder a la interrogante implica un proceso de autoconcientización acerca del propio mestizaje, con lo que estaríamos logrando realizar una dinámica autoeducativa en el sujeto interétnico, que será el principal protagonista de las acciones del gran frente popular interétnico e interclasista que buscará construir una nueva hegemonía asimismo interclasista e interétnica, para diseñar y poner en práctica un interés nacional democrático que nos incluya a todos en un proyecto económico de producción, empleo, salario y consumo.

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