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A fuego lento
Sopa de oligarquía y fascismo
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 28 de marzo de 2007

No contenta con mantener su hacienda (llamada pomposamente país) atestada de desarrapados a quienes les inculca que deben amarla a pesar de que es un desastre, la oligarquía guatemalteca decidió atacar el problema de la miseria (que ella causa) y sus consecuencias sociales, al estilo hitleriano de “solución final”, y ha procedido a liquidar a indigentes, mareros, y toda suerte de delincuentes menores, dejando, eso sí, escapar a sus ladrones de cuello blanco, que saquean bancos y hambrean al proletariado rural, dirigen el Estado y le ruegan a Bush que deje trabajar a los migrantes ilegales en paz para que sigan enviando remesas, pues así pueden ellos forrar sus bancos con las comisiones cobradas por pagárselas a sus destinatarios y de paso seguir evitando protagonizar un desarrollo económico nacional.

Acostumbrada a que los militares y el intervencionismo foráneo les arregle los problemas políticos, esta oligarquía decidió echarse en brazos de la izquierdosa y “políticamente correcta” cooperación internacional, colocando en puestos ad hoc a los comodines “de izquierda” Rigoberta Menchú, Frank La Rue y Eduardo Stein, para que funjan como oficiantes de los rituales que acompañan los flujos de euros con que funciona la dispersa y corrupta sociedad civil, y la no menos corrupta e inepta sociedad política.

De esa cuenta, la cooperación internacional financia el entrenamiento de la policía que perpetra ejecuciones extrajudiciales, y los programas educativos tendentes a sentar las bases de la privatización de la educación pública. Por ello, ante las metidas de pata de ministros como el de Gobernación y la de Educación, el despistado Presidente de la República sale en su defensa y los deja en sus carteras, a pesar de los votos de falta de confianza que reciben en el Congreso y de sus propias renuncias. A esta insensatez contribuyen, además de los comodines “de izquierda” mencionados, columnistas orgánicos del poder oligárquico, recurriendo a la más alambicada sofística para justificar que los ministros ineptos, corruptos y, ahora, criminales, sigan en sus puestos.

Prominentes miembros de la elite fascista, que fungieron como banqueros y se robaron los ahorros de miles de personas hace pocas semanas, siguen fugitivos de la justicia oligárquica que se declara incapaz de hallarlos a pesar de que sí puede asesinar a diputados salvadoreños y luego masacrar a sus propios matones a sueldo en el interior de cárceles de máxima seguridad. En este tétrico contexto es que los comodines “de izquierda” que la oligarquía usa para captar financiamientos externos y neutralizar la crítica socialdemócrata a su gobierno fascista, se lanzan a buscar el control del Estado con la candidatura presidencial de Menchú, a quien, lejos de cuestionar por contribuir a legitimar a este gobierno de ladrones de cuello blanco y políticas oficiales de limpieza social, siguen idealizando mediante la glorificación del victimismo metódico que suscita culpa y lástima en las malas conciencias del primer mundo.

En sus programas de televisión, la oligarquía finge linchar moralmente a sus propios hombres (el Ministro de Gobernación y el jefe de la Policía), paladines de la limpieza social, en simulacros mediáticos que son más un castigo que sus patrones les imponen por ineptos, que una genuina denuncia de violaciones de derechos humanos, pues ambos siguen impunes.

Es así que la omnipotente oligarquía lo tiene copado todo. No solo la propiedad de los medios de producción, sino también el Estado y la oposición política en pleno, incluida la “étnica”, pues financia a todos los partidos y ya se echó en la bolsa a la cooperación internacional gracias a los tres comodines “de izquierda”, que ahora apoyan la construcción de un partido indianista con cuadros que sueñan realizar la añorada limpieza étnica que, según ellos, los “pueblos originarios” deben perpetrar con los intrusos y satánicos mestizos llamados ladinos. Así es como estamos. Con la oligarquía y el fascismo hasta en la sopa.

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