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A fuego lento
El Estado, el único reducto
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 11 de junio de 2007

El miércoles 6 de noviembre de 1996, fui a escuchar a Eric Hobsbawm en una conferencia que ofreció en la Universidad de Pittsburgh. Como seguramente se sabe, Hobsbawm está considerado por muchos como el mejor historiador del mundo, sobre todo después de la muerte de su amigo Edward P. Thompson. Bueno, pues la conferencia trató sobre el tema de las relaciones entre clase social, etnicidad y lo nacional, en relación con la construcción de identidades colectivas.

En las ideas centrales de su exposición, Hobsbawm estableció algunas cuestiones que no por sabidas dejan de tener una importancia fundamental en la reflexión posmoderna acerca de las relaciones de lo popular con lo global. Dijo que en la formación de las identidades no existe una jerarquía a la hora de establecer determinantes de clase, de etnicidad o de nacionalidad, sino que siempre existe un complicado movimiento de negociaciones entre estas tres instancias determinadoras de la identidad, según sea el contexto social y el momento en el que la identidad debe salir a relucir. En otras palabras, la identidad ya formada de un individuo o grupo puede darle más o menos énfasis a la determinante de clase, étnica o nacional, dependiendo de las necesidades que plantea el momento y el lugar que requieren la acción de la identidad. Y puso el ejemplo de la sobrina del comerciante judío que organiza un sindicato en su contra y que cuando el tío le reclama a la hora de la cena lo que ha hecho, ella le contesta que en la casa ella es su sobrina pero que en el negocio es una empleada y él su patrón.

Si los elementos que conforman una identidad pueden desplazarse hacia énfasis del todo excluyentes entre sí, como en este caso, qué no puede ocurrir cuando estos desplazamientos son afines los unos con los otros. La identidad, pues, no es algo estático en la persona humana sino algo que cambia y se negocia individualmente. Otro tanto ocurre en lo colectivo cuando algunos grupos, por decisión política, adoptan una identidad. Es el caso de los indígenas guatemaltecos que han dado en llamarse "mayas", enfatizando la faceta cultural de la identidad.

Frente a la globalización, la cual manipula identidades, las transforma y refuncionaliza no precisamente para que sirvan de instrumento de lucha a los sectores subalternos de la sociedad sino para convertir a estos sectores en conglomerados turísticos, la única defensa posible, dijo Hobsbawm, es la consolidación del espacio representado por el Estado-nación. Y, por lo tanto, la creación y defensa de un nacionalismo pluriétnico, pluricultural y pluriclasista que construya una identidad nacional igualmente plural, puede ser el gran instrumento político que nos permita tener un margen de autonomía no sólo cultural sino (sobre todo) económica y política frente a la transnacionalización globalizante de toda suerte de consumos. En este objetivo, afortunadamente, todos los mayistas coinciden con la ladinidad, a no ser algunos intelectuales ladinos indigenófilos que proponen la guerra étnica y la fragmentación de la nación para reconstruir la sociedad "maya", borrando las fronteras de México, Guatemala y Honduras.

Finalmente, Hobsbawm advierte que el énfasis desmedido en el aspecto cultural de la identidad para establecer diferencias y otredades que fragmentan lo nacional, es quizá la postura más peligrosa de todas en el concierto del debate sobre la identidad como arma política, porque pone a la cultura por encima de las determinantes de lo nacional, con lo que favorece a la ola globalizadora de homogeneización de la cultura y debilita política e ideológicamente la posiblidad de un Estado-Nación fuerte e independiente. La cosa está, como ya se sabía, así: culturalismo contra clase y nación. Es bueno recordarlo.

Hobsbawm insiste en que el único punto de coherencia y cohesión defensivo que las economías, las identidades y los países pueden tener frente a la uniformización globalizadora del mercado es, bien que mal, el Estado-nación, en vista de que, por sí mismas, las identidades, las economías y los países son cambiantes, porosos y absolutamente negociables. La defensa del Estado-nación pasa por su consolidación e integración pluricultural. Y esta es la hora de Guatemala. Por eso pensé que sería importante compartir con mis lectores la experiencia de escuchar a Hobsbawm.

¿Qué rumbo tomará el delineamiento multiclasista del interés nacional que tanto necesita el país? En otras palabras, ¿en qué consistirá la práctica política interculturalista? Probablemente las ideas de Hobsbawm frente a las problemáticas de la posmodernidad política globalizada nos refuercen lo que de muchas maneras hemos sabido siempre y siempre nos hemos negado a construir: la nación cohesionada en torno a un interés multiclasista, multiétnico y democrático. Al extremo de que, pienso, en buena medida el enemigo ideológico de la necesaria negociación interétnica es el antinacionalismo etnocentrista.

Pittsburgh (EEUU), 9 de noviembre de 1996.

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