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A fuego lento
Humor suicida
Por Mario Roberto Morales - Madrid, 13 de junio de 2007

El 7 de junio, a eso de las 9:00 de la soleada noche veraniega, estaba yo departiendo con entrañables amigos en una cava de la Plaza Mayor de Madrid, cuando un músico que tocaba su teclado y cantaba canciones de amor, me preguntó si yo había estado antes en aquel lugar. Le respondí que no lo creía así, y él siguió cantando. Más tarde, durante una de sus pausas, me preguntó si yo era guatemalteco. Le dije que sí, y entonces me contó que él había trabajado hacía varios años con un cómico de mi país llamado Mini-Mini. “¿El del sombrero enorme?”, le pregunté. Y me dijo que no sabía lo del sombrero, pero que habían trabajado juntos en Canarias y no sé en dónde más. Agregó que guardaba todavía una cadena de oro que Mini-Mini le había regalado a uno de sus hijos para su bautizo.

Al cabo de un rato, salimos al esplendor de la plaza y caminamos lentamente hacia la Puerta del Sol y luego hacia la Plaza de España a lo largo de la Gran Vía, en donde nos despedimos después de haber conversado sobre lo que nos interesaba durante toda la tarde. Cuando iba en el metro, pensaba en Mini-Mini, en sus estridentes movimientos corporales cuando bailaba agitando el ala de su inmenso sombrero de charro, y en su agilidad y fluidez escénica. No recuerdo uno solo de sus chistes. Pero la mención que el músico de la cava hizo de él, me puso a pensar de nuevo en la construcción humorística de mi país, reciclada constantemente por las masas mediante una ironía mordaz que a menudo se torna autodestructiva.

Mis amigos y yo habíamos almorzado en un restaurante mexicano en el que nos recibieron con canciones de Vicente Fernández. Yo, en broma (aunque no tanto), les dije que Vicente era nuestro Jean Paul Sartre y que José Alfredo Jiménez era nuestro Emmanuel Kant. Y cuando dije “nuestros” me referí a la América Latina, un continente con muchos más cantautores y poetas que pensadores y científicos, y con muchos menos humoristas que malos novelistas y peores cultivadores del ensayo.

Las notables excepciones confirman con rotundez la regla. Por suerte, mis amigos sabían reírse de sí mismos, y por eso el salvadoreño hacía chistes sobre su país y sobre el acento de sus compatriotas, y yo hacía lo propio con ese terruño que sueña con levantar un vuelo más alto que el del “cóndor y el águila real”, como dice la canción, pero que parece tener un puñado de sal de mesa en su cola de perico de pecho colorado.

Un par de noches antes había conocido a algunos de los estudiantes de Antropología a los que habría de ofrecer una conferencia el lunes 11, en la Universidad Autónoma de Madrid, y conversamos acerca de la versión que de América Latina tiene la academia estadounidense y que está colándose en la universidad española. Como yo vengo de regreso de esa experiencia en Estados Unidos, la conversación estuvo muy animada, aunque me sentí medio desalentado de pensar que todo ese fárrago de extravagancias posmodernistas sobre la subalternidad, la “corrección política”, la “acción afirmativa” y los oenegismos puritanos, estaba alcanzando a estudiantes guatemaltecos ya no solo en Estados Unidos sino también en España. Es tan pertinaz esta versión farisaica de nuestras realidades que, en Guatemala, más de diez años después de librado un sano debate interétnico en la prensa, una nueva ola de indigenistas reciclados vuelve a insistir en el esencialismo y el fundamentalismo etnoculturalista como “solución” a los problemas de nuestra interculturalidad, signada por la explotación y la opresión de amplios conglomerados indígenas por parte de una oligarquía decimonona.

Por todo, cuando iba en el metro pensando en Mini-Mini y en la construcción cómica de mi “pequeño y horrendo país”, se me ocurrió provocar (más aun) la amargada ira de los “blogueros” profesionales a quienes les suele sentar muy mal mi sentido de la comicidad, y proponerles orar por una solución telúrica para nuestro país, que lo haga desaparecer, como también dice la canción, “de dos mares al ruido sonoro”.

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