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A fuego lento
Ni caridad ni beneficencia
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 20 de junio de 2007

El lunes 11 de junio a las 11 de la mañana, iniciaba yo una conferencia para estudiantes de un posgrado en ciencias sociales en la Universidad Autónoma de Madrid. Y esa misma noche, a las 7, ofrecía una segunda charla en la sede madrileña de la Organización de Estados Iberoamericanos. Aunque los temas de ambas fueron diferentes, al final de cada una tuve que referirme al efecto de la cooperación internacional en mi país, a la vista de cualquier persona mínimamente analítica.

Lo que dije causó estupor y extrañeza en cooperantes españoles que me preguntaron acerca de cómo encausar de mejor manera esta cooperación. Lo que yo había dicho fue que el efecto a la vista de los financiamientos externos en mi país es la fragmentación centrífuga de la llamada sociedad civil, y el rumbo errático de los ministerios de gobierno cuyos programas son financiados con dineros internacionales. Por su lado, la sociedad civil es ya incapaz de pensar el país y de pensarse a sí misma como totalidad, y sus miembros se desgastan a diario compitiendo deslealmente por los financiamientos, con lo que lo único que la cooperación internacional soluciona es el problema de sobrevivencia de los dueños de oenegés, quienes, por cierto, suelen tener niveles de consumo clasemediero considerablemente alto.

Por su parte, la sociedad política, es decir, el Estado y sus dependencias (desde que con la firma de la paz la oligarquía cambió los planes de desarrollo por los financiamientos puntuales y erráticos de la cooperación internacional), acusa un movimiento sin metas tácticas ni estratégicas, como lo ilustra con lujo de absurdidad la gestión educativa realizada por el actual gobierno oligárquico, caracterizada por la necedad de poner en práctica planes educativos de corte neoliberal, privatizador y unilateralmente tecnocrático, con la escuálida finalidad de formar cuadros obedientes a los tratados de libre comercio.

Otro asunto del que hablé fue la necesidad de cambiar la mentalidad caritativa y de beneficencia en las que muchas agencias de cooperación basan sus criterios de asignación de fondos, y sustituir esos criterios por análisis concretos de las necesidades concretas de las comunidades beneficiarias de los fondos internacionales. Pues, como se sabe, las erogaciones responden mucho más a las necesidades de los países donantes que a las de los países recipiendarios.

Es probable que cuando este artículo se publique, María Alventosa Talens, de la organización Mano a Mano, quien estuvo en una de mis charlas e intervino en el sentido expresado arriba, se encuentre en Guatemala. Y es probable también que se entreviste con personas interesadas en la captación de fondos para diversos proyectos. María es candidata el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, para este año, y no dudo de su perspicacia e inteligencia a la hora de intentar un rediseño de los criterios de cooperación que se han venido poniendo en práctica hasta ahora. De hecho, con ella tuve una de mis más fructíferas conversaciones al respecto.

Por lo demás, la primera de mis charlas trató sobre el mestizaje intercultural y las modas "teóricas" posmodernas con las que se estudia a la América Latina en Estados Unidos y que se están infiltrando en la academia española. Y la segunda, sobre un recorrido histórico y crítico del conflicto armado guatemalteco desde el 13 de noviembre de 1960 hasta diciembre de 1996, cuando se firma el simulacro de paz entre una guerrilla derrotada y un ejército que le había hecho el juego desde 1984, cuando ya la victoria contrainsurgente era un hecho irreversible.

Me satisfizo grandemente entrar en contacto con estudiantes latinoamericanos en Madrid y, en especial, con guatemaltecos que volverán a su país para ocupar cátedras, columnas periodísticas y espacios culturales desde los que agitarán las estancadas aguas del quehacer intelectual. A ellos abrazo con la necia esperanza de siempre, desde un Santiago de Compostela primaveral, soleado y más hermoso que nunca.

Santiago de Compostela, lunes 18 de junio del 2007.

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