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A fuego lento
Voces de muerte sonaron
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 20 de junio de 2007

La mañana del sábado pasado me interné en el centro histórico de Santiago de Compostela, caminando despacio y sintiendo el viento primaveral y el calor del sol en el rostro. Llegué al Obradoiro y me deleité una vez más con la musicalidad escultórica de la fachada de la catedral. Observé la sombra azulada que el enorme edificio proyecta cuando tiene el sol detrás y recordé otras ocasiones en las que he ejercido este amado ritual de comunión con la nostalgia del presente. Luego bordeé el costado derecho del templo y transcurrí el pequeño túnel que desemboca en la entrada de los peregrinos, mientras el gaitero que acostumbra tocar allí hacía retumbar la penumbrosa concavidad al final de la cual la luz del día vuelve embellecer la dura piedra del medioevo.

Llegué hasta la Plaza de Cervantes y bajé por la calle del Preguntoiro hasta llegar a la Praza do Toural, frente a cuyas arcadas una chica con claro acento español tocaba la guitarra y cantaba con intenso sentimiento una canción que en aquel momento me pareció fuera de lugar. Con una convicción casi sufriente, con el entrecejo fruncido y los cabellos agitados por el esfuerzo, la chica lanzaba su hermosa voz por todo el ambiente cantando aquella vieja tonada de Carlos Puebla (creo) que dice: "Aquí se queda la clara,/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia,/ comandante Ché Guevara…"

De inmediato me sentí transportado al comedor universitario de la ciudad de Florencia en 1974, en donde un entusiasta venezolano nos había reunido a todos los que tocábamos algún instrumento para formar un conjunto latinoamericano, porque en nuestro primer concierto cantamos la misma canción que la chica española entonaba ahora con la misma aprehensión que yo notaba en el esforzado venezolano que nos hizo ensayarla innumerables veces. Cuando había yo llegado a Italia un año antes a estudiar historia del arte, venía de una intensa experiencia en la guerrilla urbana de mi país. Y aunque tenía sólo 27 años, me parecía del todo ridículo cantar las glorias de los guerrilleros en lugar de hacer lo mismo que ellos. Por eso, jamás fui un entusiasta de la "canción-protesta". Siempre me pareció que las alabanzas a los combatientes eran un escamoteo. Y por eso mismo no volví a tocar en aquel efímero conjunto de los "estudiantes latinoamericanos antiimperialistas en Italia".

Voltee a ver a la chica otra vez. Noté que se había colocado del lado de la calle en que daba el sol. Un poco más adelante, del lado de la sombra, un grupo de estudiantes vestía uniformes anaranjados y todos yacían encadenados sobre el suelo con capuchas en los rostros representando la agonía de los presos de Guantánamo. El pasado y el presente se me juntaron: las luchas guerrilleras de los 60 a los 90 y la "guerra contra el terrorismo" actual. Y en medio de todo, como un comodín de naipes juveniles, el Ché Guevara, la imagen idealizada de un aventurero que solía exponer el pellejo para probar sus verdades, según solía decir. Y que aconsejaba a los guerrilleros movilidad constante, vigilancia constante y desconfianza constante. Un aventurero que desarrolló una mítica necrofilia que quizá lo espantara a él mismo a veces, y que ya no se percató de que algunos de sus pupilos acabaron practicando solamente la desconfianza constante y devorándose entre sí con lujo de "ideológica" solemnidad caníbal.

Seguí caminando bajo las arcadas y me detuve en la vitrina de una librería en la que había un ejemplar del Diario del Ché en Bolivia. En una tienda de souvernirs vendían camisetas con su efigie. La voz de la chica española se apagaba al terminar de cantar aquella vieja canción. No quise voltear a verla. Tuve pena por ella. Me sentí como un gitano que podía decirle la suerte. Y entonces recordé que en mi clase del lunes empezaría a hablar de García Lorca, y de aquellos versos suyos que dicen: "Bañó con sangre enemiga/ su corbata carmesí,/ pero eran cuatro puñales/ y tuvo que sucumbir./ …voces de muerte sonaron/ cerca del Guadalquivir".

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