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A fuego lento
Un frente sin exclusiones
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 17 de julio de 2007

Si admitimos que la interculturalidad ya existe, porque no es otra cosa que la dinámica de relaciones interétnicas (en vista de que etnia implica cultura), y si con ello admitimos que el sujeto que transita de un código cultural a otro es un sujeto intercultural e interétnico con conciencia espontánea de su condición, tenemos que admitir asimismo que las relaciones que este sujeto establece, y mediante las cuales articula en sí mismo las diferencias que conforman su mestizaje, son injustas desde que surgimos a la vida política como país mestizo y que ha llegado la hora de democratizarlas. En otras palabras, ha llegado la hora de democratizar nuestra interculturalidad por medio de una inicial acción deliberada de concientizarnos críticamente como sujetos interculturales, examinando la naturaleza exacta de nuestro mestizaje, cuestión que se logra estableciendo la particular manera como las diferencias se articulan en nosotros, según nuestra extracción de clase, nuestro sexo y nuestros énfasis étnicos y culturales.

Esta operación ideológica es un paso imprescindible para luchar por la democratización de nuestra interculturalidad e interetnicidad con el instrumento político adecuado: un gran frente (amplio) popular interétnico e interclasista que diseñará nuestro interés nacional (de carácter igualmente interétnico e interclasista), construyendo así una nueva hegemonía popular de igual naturaleza, tendente a establecer un gobierno democrático que siente las bases que garanticen el libre ejercicio de todos los énfasis etnoculturales de Guatemala, así como la libre articulación de las diferencias, permitiendo a nuestros sujetos mestizos apropiarse orgullosamente de la contraparte cultural que conforma su identidad, y dejando atrás los conflictos de interdiscriminación hasta ahora reciclados por la herencia colonial en lo económico, por la cultura oligárquica en lo ideológico y por la corrupción y la impunidad en lo político. En otras palabras, se trata de partir de un proyecto económico interclasista e interétnico que garantice la igualdad de oportunidades propia de la libertad económica, para así sentar las bases de la democratización interculturalista.

La construcción de un gran frente político amplio con una naturaleza intercultural, interétnica, interclasista y democrática, pasa por nuestra asunción plena del mestizaje intercultural democrático como eje de la identidad y la cultura nacionales, entendiendo que éste no es el mestizaje asimilacionista ladino ni el melting pot ni la "raza cósmica" ni la licuefacción de las diferencias. No. El mestizaje interétnico es -nada más y nada menos que- la conciencia de la necesidad de democratizar la forma como ya se articulan nuestras diferencias; es decir, la democratización de nuestra injusta interculturalidad.

El problema intercultural e interétnico de Guatemala es económico y político primero, y cultural después. Por eso, hacen falta soluciones económicas y políticas para los problemas culturales. Un gran frente amplio popular, interétnico e interclasista, puede ser el instrumento adecuado para luchar por el objetivo de la democratización y el fin de la interdiscriminación en nuestro país, al mismo tiempo que el arma eficaz en contra de la corrupción y la impunidad que impiden que nuestra clase política resuelva algo y deba recurrir al militarismo para gobernar un país que hoy está más hundido que nunca en el caos de la violencia y el retroceso.

Es hora de pasar de la conciencia espontánea a la conciencia crítica de ser mestizos.

Cooperación internacional y frente amplio

¿Por qué hemos repetido que si no enderezan el rumbo los financiamientos de la cooperación internacional se evidencian como mecanismos preparatorios de la irrupción globalizadora en clave neoliberal? Porque, además de propiciar la corrupción de algunas elites burocratizadas y especializadas en captar fondos para toda suerte de proyectos, y de dividir y dispersar a la sociedad civil al hacerla competir por sus financiamientos, la cooperación internacional también releva a los gobiernos de sus obligaciones para con la sociedad al encargarse de problemas que son de su exclusiva competencia, vendiendo así la idea de la prescindibilidad del Estado en estas tareas, y propiciando con ello justificaciones para su encogimiento y para quitarle poder económico (y, por tanto, político) mediante las olas privatizadoras, explicables en parte por la innegable corrupción e ineptitud de la administración pública.

Por eso es que el frente popular interétnico e interclasista debe ser autónomo y no financiado por la cooperación internacional, y debe luchar por un Estado fuerte, con poder económico, al mismo tiempo que lucha por erradicar de él la corrupción y la impunidad de la clase política vendida al militarismo y a la oligarquía atrasada. Este frente, por ser interclasista, debe absorber en su seno a las derechas que creen en la necesidad de un Estado fuerte y con potestad de regular la vida social y económica; a los centros políticos de todas las variedades, y también a todas las expresiones de la izquierda. El enemigo común de este gran frente es el esencialismo de mercado (o neoliberalismo) que pretende minimizar el poder del Estado para convertir la sociedad en un paraíso de corporaciones empresariales, y al gobierno en un puñado de burócratas limitados a administrar la "legalidad" que sancione este estado de cosas.

Este frente tiene, en estos momentos que vive el país, la gran oportunidad de actuar como parte de su propio proceso formativo. El frente interclasista e interétnico es urgente y hay que conformarlo ya en el seno de la sociedad civil. Esta misma organización será la que negocie con la cooperación internacional los términos de los financiamientos, para que ésta no nos imponga sus criterios y sus líneas políticas obligándonos a que aquí se haga lo que los países donantes quieren y no lo que se necesita hacer en razón de un unitario interés nacional interétnico e interclasista.

Toda la sociedad civil guatemalteca, sus dirigentes en todos los planos, deben abocarse a la tarea de conformar este gran frente sin exclusiones, con un criterio popular. Es decir, con el criterio de tomar como brújula el interés de las mayorías, porque solamente satisfaciendo las demandas fundamentales de ellas puede un país multicultural aspirar a la paz y a la estabilidad. La agenda de los acuerdos de paz debe hacerse coincidir con este esfuerzo, y la agenda de la cooperación internacional también. Sólo el fundamentalismo mercadológico se opondrá a tal proyecto. Contra él es que debemos construir la nueva hegemonía interclasista e interétnica. Nosotros tenemos la palabra.

Julio del 2000.

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