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A fuego lento
Pensadores populares
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 18 de julio de 2007

Al salir del Corral de Comedias, en la calle Venustiano Carranza de la ciudad de Querétaro, me despedí de los estudiantes con los que había asistido a ver una obrita de enredos, y paré un taxi. Luego de indicarle al chofer que iba a la calle Jesús Oviedo, a un lado del TEC de Monterrey, me dediqué a sentir el fresco de la noche. Doblamos en una calle muy congestionada de autos y el taxista dijo: “Újule, pos claro, es la calle de las cantinas…”, y se metió por otra para llegar a la calzada.

“Dicen que la situación está fregada pero las cantinas están llenas, ¿verdad, patrón?”. Estuve de acuerdo con él. Luego siguió: “Yo trabajé 15 años en Estados Unidos y ahí tengo a mis hijos, todos profesionales… pero cuando decidí volver a México, pos ya ve usté cómo nos dejó el condenado pelón ese del Salinas de Gortari…”.

Durante el intermedio de la obra que habíamos visto, una estudiante nos había contado que en el camino hacia el teatro, el chofer de su taxi le había preguntado qué estaba haciendo en Querétaro.

Ella le respondió que estudiaba una maestría en Literatura hispanoamericana y que este verano iba a recibir un curso de poesía española del siglo XX (uno de los dos cursos que yo estoy dando). Entonces el taxista le dijo que él era poeta y autor de canciones, y no contento con eso empezó a declamar de memoria varias de sus piezas.

También le dijo que su poeta español favorito era Lorca y recitó algunos de sus romances. A mi estudiante le caía en gracia un taxista poeta. Entonces yo le dije: “Es que en América Latina los taxistas son nuestros filósofos… Ellos, como los barberos viejos, piensan, reflexionan, discuten, debaten y hacen propuestas políticas conversando con sus clientes… porque los pensadores no piensan y los políticos no arreglan nada…”. Nos reímos de mi exageración.

Es de sobra sabido por mis lectores mi convicción de que José Alfredo Jiménez es un filósofo y un poeta popular. Filósofo y poeta de la perdición, claro, pero pensador y poeta al fin. Lo de los taxistas se me ocurrió más como un chiste que como una idea.

Pero ahora que yo transcurría las calles de Querétaro recibiendo una lección (no precisamente de Filosofía sino de economía y sociología) por parte del taxista que me llevaba a casa, entendí el sentido de mi broma. Porque el tipo seguía diciendo: “Ahora, el pinche presidente Calderón dizque anda defendiendo a los emigrantes mexicanos… Mentira… Lo que anda es viendo cómo él y sus cuates se quedan con algo de la plata que nosotros enviamos para acá… Andan haciendo chanfles bancarios y negociando con los gringos su tajada de lo que produce la mano de obra barata allá…”.

Yo le pregunté si no creía que las cosas mejoraban con Calderón, y me dijo: “Nooo, qué va, patrón… Ahora todo está peor… Nos vamos a acabar de hundir todos… Y no solo es México, patrón, es toda la América Latina… Mire usté a Guatemala… yo conozco, he estado por allá… muy lindo… pero ora que van a tener elecciones, todos los pinches candidatos son títeres de los mismos canijos que piensan como Salinas… que dizque que privatizándolo todo los pobres van a progresar… deberían ver lo que le pasó a México… pero pos cómo, patrón, si los medios de comunicación también son de esos canijos…”.

“Aquí a la izquierda”, le indiqué, “¿cuánto le debo?”, “son 250 pesos”. Y preguntó: “¿Es usté de Querétaro?”. “No…”. “¿Del DF?”. “De un poco más al sur”, le dije. “Pos que pase usté buena noche, patrón”. “Hasta luego”, le respondí, y lo vi perderse con su pasión y su taxi en la calzada.

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