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A fuego lento
Propuesta política
Por Mario Roberto Morales - Querétaro, México, 1 de agosto de 2007

Cuando los neoliberales se quedan sin argumentos, acusan a su interlocutor de no proponer soluciones y de solo quejarse de los problemas. Esto implica aceptar que los problemas planteados existen y que su solución es desconocida para los locuaces repetidores de los mantras que proponen dejar suelto al mercado para que regule la vida política, y hacer del Estado un oficinita gerencial de modestas tareas policiacas, encargada de velar por la majestad de la ley que ampara a quienes manipulan los rumbos de la “libertad de mercado”.

Ante una derecha cuya vanguardia ilustrada no pasa de repetir las tres ideas del neoliberalismo (desregular el mercado, destruir el Estado y privatizar lo público) y ante una izquierda que tampoco trasciende las tres ideas de cierto izquierdismo infantil (expropiar, repartir y centralizar), me he permitido proponer (desde hace ya varios años) una convergencia política bajo los principios del ideario liberal (libertad económica, igualdad de oportunidades y libre competencia), pero esas derechas y esas izquierdas esbozadas arriba rechazan semejante propuesta. La derecha, arguyendo que ella ya es liberal (lo cual es una mentira más grande que cualquier catedral), y la izquierda arguyendo que tal despropósito equivale a hacerle el juego a la derecha y al imperialismo (como si ella no estuviera financiada por la cooperación internacional de los países globalizadores). En suma, ambas son contrarios que se complementan en un pérfido simulacro de lucha política e ideológica, escamoteando el hecho de que también las oligarquías las financian a ambas.

He repetido muchas veces que el eje político e ideológico para diseñar un interés nacional interclasista e interétnico a largo plazo puede ser el ideario liberal (no el neoliberal), caracterizado por la libertad económica, que implica ausencia de prácticas monopolistas; por la igualdad de oportunidades (no de metas, porque esto lo decide la capacidad de cada cual), también conocida como justicia social; y por la libre competencia genuina, en la que quien ofrezca el mejor producto a mejor precio hegemonizará sin cortapisas el mercado. Esto implica democracia en lo político y, por supuesto, la tutela de un Estado pequeño pero fuerte en el cumplimiento de los principios de la libertad económica, la igualdad de oportunidades y la libre competencia.

Este ideario también puede constituir el eje de una convergencia política que garantice amplias alianzas y, con ello, amplias representatividades ciudadanas, para poder diseñar y trabajar en un interés nacional y un plan económico que incorpore a las masas al empleo, al salario y al consumo, a corto, mediano y largo plazo, en cuyo desarrollo la alternancia de los partidos políticos en el poder no haría sino agilizar la consecución de sus metas, y no constituir el factor que deshace lo hecho por el Gobierno anterior, en un círculo vicioso sin perspectivas de desarrollo. Si nos propusiéramos llevar el ideario liberal (no el neoliberal) a su práctica democrática, y no solo hablar en su nombre para respaldar medidas oligárquicas que contradicen la libertad económica y la democracia, podríamos también diseñar un plan de modernización del Estado que nos permita caminar hacia metas que nos convengan a todos y no solo a un sector de la sociedad.

Queda hecha de nuevo la propuesta. ¿Qué tienen que decir sobre ella los neoliberales y qué los izquierdistas? ¿Cundirá de nuevo su insondable silencio? ¿Puede asumirla alguno de los candidatos a Presidente?

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