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A fuego lento
Parábola de los tres en el espejo
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 26 de agosto de 2007

Érase una vez un individuo que se sentía culpable por no haber sido como el Ché Guevara ni haber peleado en la montaña como un guerrillero heroico. Para aliviar sus insoportables sentimientos de inferioridad y culpa solía arrogarse las andanzas de un hermano suyo, quien había estado en la montaña y tenía la cruel costumbre de hacer sentir mal a su hermano miedoso por no haberse atrevido a hacer lo que él había hecho con tanta naturalidad y gusto. Un tercer hermano, menor que estos dos, había colaborado modestamente con la causa que los tres compartían, y simplemente se enorgullecía de su participación sin sentirse un héroe ni menos que nadie por no haber sido guerrillero heroico.

El primer hermano fue por la vida engañando a muchas personas con una imagen falsa de sí mismo. El segundo lo hizo fastidiando a quienes, como su hermano miedoso, no habían hecho lo que él se había atrevido a hacer. El tercero vivió tranquilo y no sufrió sobresaltos cuando la Comisión de la Verdad denunció los pies de barro de aquel mentadísimo heroísmo belicista al mostrar que la línea entre la heroicidad y el crimen a veces no quedaba muy clara.

Un día, el hermano miedoso no soportó más la carga de vivir engañándose y comprendió que lo había venido haciendo por miedo a no ser aceptado. Por su parte, el hermano heroico llegó a aceptar también que había actuado heroicamente por miedo a ser rechazado por sus compañeros y que lo que había hecho lo hizo en medio de grandes e insoportables temores. El tercer hermano descubrió a su vez que su tranquilidad era aparente porque, en el fondo, le habría gustado comprometerse más y haber tenido mayor aceptación por parte de quienes lo rodeaban.

Cuando los tres hermanos se reunieron para festejar un aniversario de la firma de la paz que acabó con las mitologías que los habían hecho vivir en el engaño y con el corazón endurecido por la vanidad y el orgullo, se confesaron lo que cada uno había descubierto de sí mismo. Al instante se abrazaron y se pidieron y concedieron perdón por el dolor que se habían inflingido de pensamiento, palabra y obra.

Cuando se despedían para irse cada uno a su casa y a sus respectivas obligaciones, se vieron reflejados en el espejo de un pasillo y recordaron que eran trillizos idénticos, lo cual los hizo reír mucho, pues comprendieron de golpe que cada uno era parte del otro y que la experiencia particular de cada cual formaba parte de la experiencia de los demás. Al aceptar que en cierto modo eran uno, decidieron que a partir de entonces se dedicarían a cultivar la vigilancia constante de su falso yo, la desconfianza constante hacia las ideas impuestas y la movilidad constante de su conciencia hacia cada vez más nuevos y amplios horizontes. Jamás se volvieron a ver, porque los tres murieron esa noche durante un terremoto que sacudió la ciudad y la dejó en ruinas. Quien tenga oídos para oír, que oiga.

Cedar Falls, Iowa (EEUU), 25 de marzo de 1999.

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