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A fuego lento
Los seres enmascarados
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 3 de octubre de 2007

Octavio Paz empieza una célebre reflexión sobre el hecho poético diciendo de la poesía que “es conocimiento, salvación, poder, abandono”, y que “ostenta todos los rostros, pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”.

Si por poesía entendiéramos la capacidad creativa de los seres humanos y por poema el resultado concreto de esa creatividad, cabría preguntarnos si la obra humana es una careta que cubre (o expresa) algo real y concreto o si solo sustituye al vacío. Si este fuera el caso, la vaciés detrás de la creatividad y de la obra humana probaría, en palabras de Paz, la grandeza de nuestros esfuerzos. Una grandeza superflua, pero grandeza al fin.

La primera vez que leí este pasaje inicial de El arco y la lira, no pude sino remitirme a una de las más fascinantes expresiones de la cultura popular indígena de Guatemala: el culto al Maximón de Santiago Atitlán. Pues esta imagen de la deidad precolombina que se transfigura en su enemigo para sortear los peligros que amenazan su existencia, ostenta una máscara de madera debajo de la cual no hay rostro alguno, sino solo envoltorios de tela y pita, pañuelos que envuelven a otros pañuelos como si se tratara de una cebolla. De modo que al tratar de hallar la esencia de Maximón ocurre lo mismo que con la esencia de la cebolla: no está. Al menos no en el objeto mismo. Si nos quedamos en el objeto, Maximón “es” la máscara.

Ser máscara implica no reducir el propio ser a cubrir algo, sino elevar la máscara al rango de identidad propia. Una identidad que, al ser máscara, puede transfigurarse en cualquier cosa según sean sus necesidades de supervivencia. La máscara de la identidad es el maquillaje que nos ponemos frente al espejo, pues el espejo son los demás, son las otras máscaras con las que entramos en contacto y que nos definen igual que nosotros las definimos a ellas. Juegos de espejos. Muecas de máscaras.

Pero la “superflua grandeza” que Paz adjudica a la obra humana no proviene del objeto ni del sujeto–máscara, sino de lo que simbolizan. Por eso, Maximón es Kukulkán, Judas Iscariote, Pedro de Alvarado y el dictador militar o civil de turno. Sus imágenes a lo largo y ancho de la geografía guatemalteca se travisten de lo que sea, sin vergüenza ni pudor, para seguir viviendo como símbolo del desgarrado mestizaje local, tanto más doloroso cuanto menos comprendido es por sus protagonistas, quienes insisten en diferenciarse esencialistamente como indios, “mayas”, ladinos, mestizos, criollos y otras variedades de cambiante colorido. Lo que Maximón–máscara simboliza sirve de elemento de cohesión social, legitimación política y referente identitario para muchísima gente. ¿Qué importa entonces que debajo de su máscara no pueda mostrar un rostro físico si su verdadera faz se encarna en las miles de personas que se identifican entre sí gracias a sus buenos oficios de deidad enmascarada? He aquí la “superflua grandeza” de la poesía, de la creatividad humana y de la obra resultante, el poema.

La máscara no es, pues, repudiable. Quizás lo sea identificarse con el objeto–máscara reclamando para ella un ser en sí y no uno simbólico. Es lo que les pasa a ciertos seres enmascarados y poetas comunes: no entienden que la grandeza es superflua, y le dan una importancia de cosa en sí. Por eso, tampoco pueden quitarse la máscara; ya que debajo de ella no hay sino un insoportable vacío que la máscara misma teme desvelar

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