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A fuego lento
Pueblo, poder y populismo
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 10 de octubre de 2007

El populismo basa su política de imagen en las necesidades emocionales y materiales de las masas, las cuales (necesidades) se definen por las carencias que esas masas padecen. La necesidad se constituye a partir de lo que la persona no tiene y, por ello, ansía, desea y añora. Las necesidades de las masas son muchas en lo particular, pero en general pueden sintetizarse todas en la falta de poder.

Poder de decidir sus vidas, poder adquisitivo, político, cultural. El éxito del líder populista reside en constituirse en emblema de los deseos de las masas al ofrecerse –mediante su imagen y su discurso– como encarnación de los deseos colectivos ya satisfechos en su propia persona. Y si el estado mental de las masas es –por su falta de poder– el de un deseo violento de ejercer la autoridad y el autoritarismo, pues es claro que alguien que lance un discurso facilón ofreciendo proteger e impulsar al pueblo desde la Presidencia de plano va a lograr que esas masas proyecten en él todo su deseo por aquello de lo cual carecen y lo elijan como su emblema y representante. En él –que clama venir del pueblo–, el pueblo sin poder ve sus anhelos cumplidos y, consecuentemente, él se autoconstituye en la persona que lucha porque todos logren lo que él ya logró. Para construirse esta imagen, el líder populista necesita hacerse de una trayectoria de autoritarismo que “pruebe” ante las masas su genuinidad y su capacidad de ejercer el poder en nombre de ellas.

Como podemos ver, para que el poder autoritario se articule hace falta el concurso activo de las masas. El pueblo, ansioso de llenar su carencia de poder, pide a gritos al líder autoritario que le gratificará sus frustraciones, aunque sea solo en el discurso, en la manipulación de las imágenes y en la represión a los que lo critican. Por eso los pueblos eligen a militares y a civiles violentos e intolerantes. También por eso algunos intelectuales sucumben al espejismo de un puesto burocrático en la estructura autoritaria, aunque en ello vaya el abjurar de principios y posiciones sustentadas con anterioridad. Los individuos más ingenuos –padeciendo frustración y carencia de poder– creen que quienes pertenecen a esas élites arribistas los “representan”. Y he ahí que así se articula el poder autoritario. Eso sí, con un discurso “democrático”, “civilista” y “conciliador”. En la práctica lo que hay es fascismo redivivo, impunidad rediviva y corrupción política rediviva. Pero como todo está debidamente sancionado por el flamante “sistema democrático”, que con una exigua cantidad de votos permite que las masas elijan a sus verdugos como jefes, eso resulta ser suficiente para que la cooperación internacional bendiga con el vino de la legitimidad a estos poderes violentos, basados en compadrazgos oscuros.

Todo, gracias a la “soberana voluntad” de los exiguos votantes que desean poder porque no lo tienen, e ignoran que por ese camino no lo tendrán nunca. También, a que el populismo rige las mentalidades de las masas no solo en política, sino también en su práctica de un nacionalismo consumista que “hace patria” enviando mensajes de texto desde teléfonos móviles y asistiendo a iglesias fundamentalistas para mayor gloria del mercadeo y la publicidad, que conforman los contenidos “filosóficos” de esta “era de la comunicación” en la que las oligarquías financian las puestas en escena de la “democracia” por parte de populismos de derechas e izquierdas. El populismo no solo es político. Es también una cultura popular.

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