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A fuego lento
Guatemala-Taiwán: Caminos paralelos
Por Mario Roberto Morales - Taiwán, 17 de octubre de 2007

Voy caminando por una callejuela de Taipei, detrás de un filipino que es funcionario del Opus Dei y que ahora empuja su bicicleta hacia la sede en la que trabaja. Al entrar, nos quitamos los zapatos y nos ponemos sandalias. Me acompañan un esconomista peruano y una socióloga malaya, con quienes participo en un programa de investigación en la Universidad Chung Hsing, en la ciudad de Taichung.

La conversación se torna animada y empezamos a hablar del progreso económico de Taiwán, el cual tuvo como base una reforma agraria radical en la que el Estado obligó a los grandes terratenientes a ceder terrenos a los campesinos, a fin de hacerlos producir de manera ordenada, incorporarlos al mundo del salario y el consumo, y lograr que los terratenientes se convirtieran en industriales agrícolas para luego diversificar sus capitales en otros tipos de inversiones.

Me distraigo un momento y, al mirar por la ventana el cielo gris que dejó el tifón del fin de semana, pienso en que eso justamente fue lo que un presidente llamado Jacobo Arbenz quiso hacer en una república bananera llamada Guatemala, en los años 50, por lo que fue derrocado por la CIA, la oligarquía y el ejército locales, bajo la acusación de comunista. Mientras tanto, Chang Kai Chek hacía lo mismo en Taiwán, con una mano mucho más dura de la que pudo llegar a soñar Arbenz. Pero en lugar de derrocarlo, como hizo en Guatemala para salvaguardar los intereses de la United Fruit Company (cuyo presidente era hermano del jefe de la CIA), Estados Unidos lo apoyó como pieza clave frente a China continental.

También me distraje pensando en el discurso de los neoliberales del tercer mundo, alegando que hay que privatizar todo lo público y "dejar sueltas a las fuerzas del mercado" a fin de alcanzar el desarrollo material. Y a la vez que ponen a Taiwán de ejemplo, se oponen con ferocidad a cualquier reforma agraria e intervención del Estado en la regulación económica, soslayando el hecho de que los taiwaneses se enorgullecen de sus excelentes servicios públicos, entre los que se cuentan la salud y la educación.

El amigo filipino nos invita a visitar la capilla de su sede. Al entrar, veo una fotografía de Escribá de Balaguer y nuestro anfitrión me sugiere mirar debajo del retrato, en donde cuelga un relicario dentro del que me informa que hay un trozo de un diente del fundador del Opus Dei. Me acerco pero no veo la reliquia. Afirma que está en el reverso del relicario. Como no tengo vocación odontológica, me retiro de la capilla buscando la puerta de calle para despedirme del anfitrión, quien, de pasada, nos presenta a un cura español que habla en mandarín con tres chinos, y quien ha llegado a esa sede a ofrecer un curso de historia de la Iglesia.

Nos despedimos y salimos a la calle buscando el inmenso monumento a Chang Kai Chek. Es miércoles 10 de octubre, fiesta nacional de Taiwán, cuyo espectacular despegue económico arrancó de una reforma agraria realizada por el Estado a pesar de los terratenientes, quienes, también a su pesar, fueron promovidos a industriales por ese mismo Estado, el cual no fue derrocado como el de Guatemala, país al que su oligarquía (reacia al cambio) quiere rebautizar como GuateÁmala, y aplicar el conductismo a la educación para hacer que sus ciudadanos lo amen a pesar de estar sumidos en la ignorancia, la pobreza, la violencia y el atraso, gracias al derrocamiento de Arbenz.

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