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A fuego lento
Mercado y contrahegemonía
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 19 de noviembre del 2008

Si uno se pone a analizar las formas de resistencia política, ideológica y cultural que ahora existen en el mundo, ubicándolas en el espacio del mercado, se llega muy pronto a la conclusión de que prácticamente no existen formas de resistencia visibles que se sitúen fuera del él. Esto, porque si son formas visibles de resistencia, su misma visibilidad depende justamente del mercadeo y la rentabilidad que comporten a la industria cultural, al mercado político, al mercado académico de las modas intelectuales, y al de las múltiples formas de solidaridad y caridad que las iglesias económicamente poderosas despliegan desde el primer mundo hacia el tercero. En otras palabras, si se desarrolla una genuina forma de resistencia cultural frente a las formas hegemónicas y dominantes de producción y consumo simbólicos, esa forma no se hace visible ya que las posibilidades de visibilidad, difusión y transmisión culturales dependen hoy día absolutamente de los circuitos de producción y distribución de las mercancías simbólicas de la industria cultural, las cuales van desde la literatura de entretención hasta todas las formas de arte audiovisual, pasando por las versiones domesticadas de las culturas llamadas primitivas, exóticas o simplemente “otras”.

La resistencia cultural, para ser visible, necesita, pues, que desvirtuarse, que prostituirse, que renunciar a sus posibilidades de cambio, ya que si sostiene su oposición radical se convierte en marginal y, por tanto, en invisible; es decir, en no mercadeable. Quien quiera que su protesta se conozca, tiene --triste paradoja-- que convertir su disenso y su protesta en mercancía. Esta pareciera ser la norma. Pero ¿es del todo imposible alguna forma de genuina resistencia, de auténtica expresión contrahegemónica en el espacio del mercado? No quisiera contestar a esta pregunta apresuradamente ni ofrecer una solución principista al dilema que plantea la realidad delineada. Lo que quisiera dejar asentado es el criterio de la necesidad de analizar todas las formas de supuesta resistencia cultural y contrahegemónica a la luz de este hecho. En otras palabras, frente a un testimonio, frente a un movimiento étnico que pugna por el respeto a una identidad supuestamente “otra”, frente a una forma musical, literaria, teatral, etc., que supuestamente es contestataria, uno tendría que examinar su discurso y objetivos en razón de las necesidades del mercado en el cual esa protesta adquiere forma material de libro, película, disco, movimiento social, ONG, instituto de investigaciones, congreso académico, publicación periódica, etc. Si pasa la prueba del mercado, le queda todavía el dilema de la invisibilidad.

El mercado tiene una enorme capacidad de absorción de los discursos y acciones que contradicen su hegemonía y dominación y, por ello, tiene un margen bastante amplio para convertir en rentables las manifestaciones o discursos que lo cuestionan. En este vértice de negociación que surge a veces entre el mercado y las acciones y discursos que lo contradicen, es donde debemos buscar la genuina resistencia cultural, política e ideológica. Por tanto, preguntémonos: qué tanto tienen de genuino y qué tanto de mercadeable los movimientos etnicistas en la globalización, y quiénes se benefician con la agitación en torno a la reivindicación de identidades binarias planteadas como otredades: ¿el pueblo o las élites que dicen representarlo? Las respuestas nos revelarán quiénes somos moralmente ante el mercado y la contrahegemonía.

Iowa, octubre de 1998.

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