A fuego lento
Calor para mentes frívolas ... o así se falsea a Marx
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 3 de febrero de 2010
Armando de la Torre (Siglo XXI 17-1-10) afirma que, a diferencia del deporte, “el trabajo disciplinado y productivo no es un juego, es mera rutina para la supervivencia. Ese fue el gran vacío en la memoria de Marx cuando creyó factible su utopía de la ‘sociedad sin clases’, esto es, sin competidores, sobre el supuesto de que en una comunidad entre (sic) iguales cada uno daría libremente a los demás según sus habilidades y recibiría de ellos según sus necesidades. Pero desde Darwin está comprobado de que (sic) eso no puede ser así. Esto último, al contrario, lo hemos debido sobrellevar como la aflicción permanente de la condición humana, la bíblica imperiosidad de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestras frentes”.
En efecto, el “trabajo disciplinado y productivo” es “mera rutina para la supervivencia”, y lo que lo hace mortal es no ser también un juego. Marx explicó el trabajo enajenado o explotado como la actividad productiva en la que no interviene la creatividad ni la libertad del individuo, porque sólo la realiza para reponer su fuerza de trabajo a fin de poder seguir vendiéndosela a otro. Esto hace del ser humano un elemento productivo que, para serlo, debe renunciar a lo que lo distingue de los animales: su creatividad y su libertad. Y eso lo enajena, lo deshumaniza.
Marx no “creyó factible su utopía de la sociedad sin clases” porque la utopía no es factible. Es un ideal útil para avanzar en una dirección. Lo factible para él era el socialismo. No la utopía comunista sin clases. La cual tampoco equiparaba con una sociedad sin competidores, pues competir con libertad es lo normal donde ya no hay una clase que posea los medios de producción en propiedad privada y por ello fuerce a la mayoría al trabajo enajenado. Mucho menos pensaba que “en una comunidad entre (sic) iguales cada uno daría a los demás según sus habilidades y recibiría de ellos según sus necesidades”, pues concebía el socialismo como un régimen desigual en el que el Estado sienta normas para que cada cual reciba oportunidades según sus necesidades y brinde a la sociedad lo mejor de su capacidad (a fin de avanzar hacia la utopía del bienestar sin trabajo enajenado).
Afirmar que “desde Darwin está comprobado de que (sic) eso no puede ser así”, implica equiparar a las especies animales con los seres humanos, abrazando el llamado darwinismo social, un sofisma que “fundamenta” en supuestas causas naturales la legitimidad de la supremacía del más fuerte en materia económica. Y como el más fuerte es el que tiene capital, el darwinismo social se revela como una ideología de propietarios que, de la supuesta causa natural de la desigualdad económica, brincan a las nubes y “deducen” que la injusticia social existe por voluntad divina. Por eso justifican el trabajo enajenado apoyándose en la Biblia: “Esto último lo hemos debido sobrellevar como la aflicción permanente de la condición humana, la bíblica imperiosidad de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestras frentes”. Es obvio que esta “aflicción” no es de la condición humana sino de una clase. Pues, ¿de qué sudor de frente habla quien no es trabajador manual, creador directo de riqueza?
El trabajo enajenado no es algo natural. Es una construcción histórica superable. Utopía no equivale a factibilidad. El darwinismo social endilga una causa natural a la injusticia. Y el fundamentalismo cristiano santifica la explotación del prójimo.
Lo dicho: la crítica ideológica no toca a Marx. Sólo calienta mentalidades frívolas.
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