El tonto y la norma
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 1 de septiembre de 2010
Apacible postal desde un retiro literario en el que continúa persiguiéndome el “pequeño y horrendo país” de que hablaba un poeta por él finalmente atrapado.
A una hora de Burlington está el pintoresco pueblecito de Johnson, enclavado en el corazón de las Green Mountains de Vermont, en el noreste de Estados Unidos. Los tupidos y vastos bosques todavía están verdes a finales de agosto, pero algunos árboles han empezado ya a cambiar de color y la temperatura a bajar (como corresponde a los espléndidos otoños de esta parte del mundo) en las noches bañadas por la luz de una luna enorme y amarilla que nos acompañó a lo largo del vuelo desde Nueva York.
El río Gihon atraviesa Johnson y el campus del Vermont Studio Center (VSC), en donde ahora me encuentro escribiendo una novela, como recipiendario de una de las becas que el VSC otorga a escritores y artistas estadounidenses e internacionales. En el edificio Maverick están los estudios de los escritores residentes. A mí me tocó el número siete del segundo piso, en cuya puerta se lee el nombre de nada menos que Henry David Thoreau y a través de cuya ventana veo pasar un afluente del río, cristalino y manso, que se hunde meditativo y oscilante en el bosque frondoso rumbo al sur. Desde mi dormitorio, en el edificio Red Mill, puedo ver el caudal entero del río, ancho y presuroso, abriéndose paso entre altas rocas y peñascos desgastados por el roce y el tiempo.
Una pintora estadounidense me preguntó cuál sería el tema de la novela que empezaría a escribir aquí. Me limité a decirle que vengo de un país gobernado por grupos paralelos de poder que controlan el crimen organizado, la trata de personas, las pandillas juveniles y demás rubros de esta rentabilísima “economía informal”, y que asesinan gente a diario, a menudo con el consentimiento de iglesias evangélicas que interpretan la “limpieza social” como una necesidad ordenada por el Señor; y a veces con el beneplácito del ala más retrógrada de la iglesia católica y de sus congregaciones sectarias, las cuales no tienen empacho en eliminar sospechosos para defender la santa obra de un Dios todopoderoso y de infinita misericordia.
Cuando me preguntó cómo era esto posible, le conté la historia de la guerra de las tres décadas y media, de los acuerdos de paz, de la ola privatizadora posterior, del ingreso de la cooperación internacional y las transnacionales, hasta llegar a los servicios de inteligencia privados de la oligarquía. “Pero ¿para qué quieren servicios privados de inteligencia?”, preguntó. “Pues para coordinar los detalles de aquella ‘economía informal’, que es la que genera empleo y la que junto a las remesas de los ilegales mantiene los consumos básicos de las masas sumidas en el analfabetismo, las hambrunas y la ignorancia”, respondí. “Pues sí que tienes de dónde escribir novelas”, me dijo sonriendo con tristeza. “Así es”, concordé, “tomando en cuenta también que cuando las ‘buenas conciencias’ que defienden el status quo lean esto, dirán que yo ando por el mundo ‘enlodando el nombre del país’, como si el puerco fuera yo y no ellos”. “Eso”, concluyó, “te servirá para ponerle a todo un toque de humor negro”. La risa fluyó libre, como el río.
Pronto ofreceré una lectura de algunos pasajes de mi novela Face of the Earth, Heart of the Sky, titulada Señores bajo los árboles, en español, y tal vez escoja, para estar a tono con el apacible ambiente del VSC, unos sobre masacres de indígenas desarmados en el marco de la impactante belleza de nuestro altiplano tropical. Digo, para seguir “enlodando el nombre del país”. Pues, como dijo Thoreau: “Cualquier tonto inventa una norma, y cualquier otro la obedece”.
Johnson, VT, 30 de agosto del 2010.
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