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Convergencia
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 6 de marzo de 2013

consucultura@intelnet.net.gt

De nuevo, la propuesta. Esta vez, al borde del sumidero de la Historia.

Desde hace mucho más de una década vengo insistiendo en que para impulsar un proyecto económico que nos integre a todos en el empleo, el salario y el consumo hace falta que la clase dominante se convierta en clase dirigente. Esto, empero, le da miedo a la oligarquía, y por ello rehúsa aceptar que la conflictividad social que su régimen económico genera podría evitarse mediante una actividad productiva en la que todos prosperásemos, y no sólo su grupo de parientes, amigos, allegados y nuevos ricos arribistas sin pedigrí colonial ni modales de mesa.

Es elemental –les he repetido– que si uno es dueño de una casa (o de un país) que incluye 15 sirvientes (o 15 millones de personas), uno vivirá en paz si esos sirvientes están bien pagados, comen lo suficiente y tienen dinero para satisfacer la machacante oferta con la que el mercado los atosiga día y noche. Pero si no reciben más que órdenes para realizar trabajos humillantes que les nublan su sentido de futuro, los dueños de esa casa (o país) estarán durmiendo con el enemigo. El ejemplo es vulgar, pero es que si fuera más elaborado, mi interlocutora –como me ha quedado claro a lo largo de estos años– no me entendería, ya que desde principios del siglo XX descuidó su formación intelectual hasta alcanzar a pulso su actual estado de oligarquía inculta, torpe, violenta y criminal.

Desde hace más de una década he repetido también que el ideario liberal clásico (igualdad de oportunidades, libre competencia y prohibición de monopolios) puede ser el eje de una convergencia política que permita el pacto de élites necesario para diseñar un interés nacional multiclasista que constituya el criterio básico para impulsar el plan económico que nos integre al empleo, el salario y el consumo y que, a corto plazo, nos permita construir una democracia funcional que nos eduque a todos como ciudadanos plenos y conscientes de nuestros derechos, obligaciones y diferencias.

Por ello afirmo que es criminal asustar a la iletrada pequeña burguesía de derecha con el petate de muerto del “comunismo” para justificar la comodona negativa oligárquica a democratizar la economía, la política y la cultura. Es criminal inventar un “enemigo interno” al que se tilda de “terrorista” para justificar que todo siga como en los dorados tiempos de la Colonia. Es criminal aterrorizar a las incultas juventudes hijas de mami y papi con “el peligro comunista” en un país en el que la izquierda no existe como práctica política concreta porque los individuos con ideas de izquierda que hay no constituyen organizaciones capaces de concitar apoyos de masas. Es criminal oponerse a la democracia en nombre de la democracia con el fin de mantener la dictadura oligárquica y militar. Es criminal, señores merolicos clasemedieros neoliberales, hacerle los mandados sucios al amo oligarca predicando el “libre mercado” y poniendo como modelo del mismo a una casta interfamiliar que es justamente el mejor ejemplo de la ausencia de libertad económica. Y lo es porque con ello impiden que haya cada vez más empresarios y más asalariados. Y porque saben que esto es lo único que puede evitar el desempleo, la pobreza y la confrontación social.

¿A quién no le conviene una convergencia política basada en el ideario liberal (no el neoliberal) para impedir que este país acabe de ser tragado por el torvo sumidero de la Historia? ¡Ese es el enemigo!

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