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La miseria religiosa
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 10 de febrero de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

O por qué caemos presa de los mercaderes del consuelo.

Siendo muy joven, Marx comprendió que la actividad del ser humano frente al mundo no sólo es lo que le da sentido a su existencia, sino lo que lo origina como la única especie consciente de sí misma, a diferencia de sus más cercanos compañeros de evolución, los monos homínidos. Porque esta actividad —llamada trabajo o praxis (o combinación creativa de pensamiento y práctica)— fue la condición material para que surgiera —en la lucha por la sobrevivencia— esta nueva especie cuyo cerebro es capaz de adaptar el mundo a sus necesidades, y no al revés.

También entendió que esta actividad pierde su esencia o sentido originario —el de hacer evolucionar a la especie humana— cuando —también por razones de sobrevivencia, esta vez en grupos grandes—, la praxis deja de servir a los intereses individuales de la especie, y los seres humanos empiezan a trabajar no para sí mismos, sino para alguien más. Esto ocurre cuando, gracias a las primeras formas de excedente productivo e intercambio mercantil, se crea la propiedad privada y, con ella, las primeras formas de poder político e ideológico de unas élites sobre las masas. Marx anunció, a partir de sus estudios de la evolución económica y política de las sociedades, que el trabajo volvería a pertenecerle por completo al individuo cuando las fuerzas productivas hubiesen alcanzado un grado tal de desarrollo, que hiciera innecesaria la propiedad privada y el poder político coactivo sobre la sociedad: el Estado. Mientras tanto, la humanidad viviría en "el reino de la necesidad", pues el trabajo se había vuelto ajeno al ser humano: se había enajenado. Esto fue tan inevitable como lo es la lucha por des-enajenar el trabajo y emancipar al ser humano para que recobre su esencia humana, la cual es —por rasgo constitutivo de la especie— autoconsciente, libre y creadora. No sumisa o enajenada. A la fase de desarrollo des-enajenado que nos hará pasar al "reino de la libertad", Marx lo llamó comunismo, evocando al primer modo de producción —el comunismo primitivo—, en el que no había clases sociales (porque no había excedente productivo) y el trabajo le pertenecía por completo al individuo. Hay que llegar a una fase parecida, dijo, pero sobre la base de un desarrollo colosal de las fuerzas productivas, que haga posible una convivencia basada en el recobramiento y desarrollo de nuestra esencia consciente, libre y creadora.

Por ahora, empero, el ser enajenado es esclavo de lo que crea. Tanto de las mercancías que fabrica y consume como de los dioses que imagina para consolarse por la falta de sentido de una vida enajenada de su esencia. Por eso Marx afirmó que "La miseria religiosa es, por un lado, la expresión de la miseria real, y, por el otro, la protesta contra la miseria real". Es a la vez expresión de la enajenación de la actividad humana y alarido de inconformidad con esta situación. De aquí su aserto: "La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo". Además, dice: "El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre". Pues el hombre se hace a sí mismo con su praxis. Nadie lo hace a él. Lo que pasa es que cuando se enajena olvida esta verdad originaria y —como buen ignorante— cae presa del miedo y del "amor" de los mercaderes del consuelo.

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