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¿Paranoia y teoría conspirativa?
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 9 de marzo de 2015
consucultura@intelnet.net.gt

De biempensantes, progres e izquierdistas sumisos al proconsulado.

Ante los hechos recientes en este Triángulo Norte, ya una mayoría pensante acepta que no se trató de paranoia ni de teoría conspirativa haber afirmado que aquí hubo un golpe de Estado blando para quitar a unos impresentables del poder público y poner a otros menos indecentes, y que la corrupción no se erradicaría con ello y mucho menos se democratizaría el régimen oligárquico-militar-neoliberal. Al contrario, éste se vería remozado por el Plan Para la Prosperidad del Triángulo Norte de Centroamérica (PPTNCA), pues el mismo implica el fortalecimiento del capital corporativo transnacional en el país, del cual la oligarquía es socia minoritaria.

También se acepta ya que aquí hubo una manipulada movilización de masas urbanas, la cual siguió el guion de las revoluciones de color, para lo cual se usaron las redes sociales desde call-centers de la oligarquía, en donde se maniobró a esa masa interconectada con consignas moralistas, azuzando la mentalidad cristiana y biempensante de la indignación ante la corrupción, como si ésta fuera la causa —y no el efecto— de la estructura oligárquica que genera la violencia, la miseria y la decadencia moral en que se encuentra el país, sobre todo después de la firma de los Acuerdos de Paz, que fue cuando la ofensiva neoliberal corrupta empezó de manera sistemática en lo local.

Asimismo se acepta ya que el objetivo del golpe blando y de la revolución de color fue el de limpiar la mesa de impresentables para poner en escena la “renovación” del sistema de justicia, que hoy nos indigesta con dosis masivas de corruptos de Línea-2, capturados en manadas; todo, para echar a andar el mecanismo geoestratégico que definirá nuestro siglo XXI: el PPNCA. Ante esto, la indignación biempensante quedó definida como una mera emoción moralista que —por sí misma— es a-crítica y despolitizada, y que facilitó —con su frenesí conservador— la jugada neoliberal de maquillar el poder oligárquico para que escenificara la divina comedia de la anti-política.

Estas aceptaciones son la base crítica para oponerse al servil criterio —echado al ruedo por el Presidente del Congreso, Mario Taracena— de que “gracias a Dios” estamos tutelados por los autores del golpe de Estado blando y la revolución de color. Un criterio al que han adherido —dizque en nombre de la realpolitk— conocidos izquierdistas y otros notorios vendidos que navegan como progres. Todo lo cual ilustra hasta qué punto estaba (y está) orquestada desde fuera esta “transición de la corrupción a la democracia”, la cual quedó consumada para el resto de este siglo.

Fui de los que abrazó la idea de que las manipuladas movilizaciones del año pasado serían el fermento de un movimiento organizado que lucharía por el cambio estructural y por la refundación del Estado. Pero algunos hechos, como la abierta y feliz cooptación —por parte de centros de pensamiento ligados al operativo del golpe blando y la revolución de color— de algunos de sus más exaltados activistas, así como la indiferencia de los ex indignados y también el fervor progre por la tutela proconsular de este protectorado, me hace dudar (por decir lo menos) de que aquella ilusión tenga —o haya tenido jamás— algún sustento.

Por si no bastara, la saturación de corruptos en las cortes ya nos volvió indiferentes a la corrupción, como lo somos ante la violencia. Y por ello lo seremos también cuando los corruptos salgan libres en dos o tres años. ¿Paranoia y conspiración? Yeah, right!

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