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Autoengaño y criticidad
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 13 de abril de 2015
consucultura@intelnet.net.gt

“Me conecto, luego existo; no me conecto, luego insisto”.

La célebre frase de Abraham Lincoln según la cual “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”, parece haber sido contradicha por individuos como Edward Bernays —el famoso sobrino de Sigmund Freud que estuvo al frente de la guerra psicológica en Guatemala para el golpe de Estado contra Arbenz en 1954 y quien, al aplicar la teoría del inconsciente formulada por su tío a las técnicas de propaganda y publicidad, revolucionó el mundo de la manipulación ideológica— y por Gene Sharp, el teórico e impulsor de los golpes de Estado blandos y de las revoluciones de color. A tal grado es esto así, que vivimos una era de la manipulación en la que el simulacro ocupa el lugar del hecho concreto y en la que la vida imita al arte, y no al revés. Cualquiera con un mínimo de comprensión de la posmodernidad mediática, ideológica y cultural puede dar fe de esto, si no es de los que se chupan el confite de que estamos en la época de la democratización de la comunicación gracias a las redes sociales, las cuales son, además, gratis (¿?).

Vivimos una era en la que la masificación se vende como individualismo y en la que creemos tomar decisiones personalísimas cuando en realidad son masificadas. Basta leer a la mayoría de pensadores de Facebook para comprobarlo. Pero la posmodernidad ha arado sobre terreno abonado, pues ya en el siglo XVII La Rochefoucauld decía que “El medio más fácil de ser engañado es creerse más listo que los demás”. Esta es una manera de replantear máximas de pensadores de la antigüedad (que no viene al caso citar pero) que se refieren a la vanidad humana y a sus múltiples formas de manifestarse, como el narcisismo y su pensamiento autocentrado, el cual no logra salir de la complacencia propia ni del exhibicionismo. Y esto es justamente lo que fomenta la comunicación interconectada para la entretención banal, a fin de darle al usuario la ilusión de que piensa y actúa por sí mismo, cuando en verdad lo hace igual al resto del rebaño on line. “Me conecto, luego existo; no me conecto, luego insisto”, parece ser la frase que resume el criterio de verdad o episteme que sustituyó a la razón cartesiana, la cual quedó in articulo mortis después de la Primera Guerra Mundial. Lo único que ahora le importa a la alegre humanidad manipulada es tener suficiente dinero para consumir lo que se le “sugiere” mediante la excitación de su inconsciente cuando se le exhibe una mercancía, no importa si es una salchicha o un candidato presidencial; pues, para el caso, ambos son lo mismo.

¿Cómo evitar el engaño y la manipulación? Sólo hay una manera, y es desarrollando el propio pensamiento crítico y la propia capacidad analítica. El sistema educativo no sirve para esto. Al contrario, sirve al interés mediático corporativo que busca hacer de la especie humana una sola masa de consumidores fieles (no tanto a sus marcas comerciales cuanto) al deseo de consumir. El cual jamás se satisface porque el objeto de deseo se transmuta en uno nuevo constante y perennemente. Tenemos pues que organizarnos para parir intelectuales críticos y radicales, orgánicos con su pueblo y capaces de liderar un cambio estructural (no sólo cultural y “sin tomar el poder”) en la sociedad.

Si no, recordemos al viejo Anaxágoras, quien dijo: “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; pero si me engañas dos, la culpa es mía”.

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