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Desgracia, indiferencia y condena
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 17 de agosto de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Sobre la condición del poeta, el filósofo y el lúcido.

“Ni suficientemente desgraciado para ser poeta… ni suficientemente indiferente para ser filósofo, sólo soy lúcido, pero lo bastante para estar condenado”.

Este aforismo de Cioran no sólo nos sitúa ante la desdicha de los poetas, la indiferencia de los filósofos y la maldición de la lucidez, sino nos urge a establecer en qué consisten esa desdicha, esa indiferencia y esa maldición. Procedamos, pues, por partes.

Al parecer, Cioran percibe a los poetas como seres que recurren a su expresión estética favorita, la poesía, debido a que su desgracia es tan intensa que no admite la explicación sino sólo la queja dolorida (como en Alejandra Pizarnik), la defensiva exclamación grandilocuente (como en Pablo Neruda), el alarido desesperado (como en César Vallejo) y el aullido sordo (como en Allen Ginsberg). No hay lugar ni tiempo para que un herido de muerte reflexione sobre su condición. Sólo lo hay para el grito.

En cuanto a los filósofos, pareciera que nuestro pensador los percibiera como seres cuyo oficio de reflexionar sobre sobre el mundo y los seres humanos desde una altura que les permite las generalizaciones más colosales (obviando así el infierno de la particularidad y las especificidades), necesariamente los forzara a desarrollar una indiferencia cósmica que es lo único que les permite sobrevolar la condición humana —y en algunos casos también la divina— con la parsimonia del paseante de boulevard y del pasajero de aeronave. Si la hondura poética es dolor vivo, la profundidad filosófica es insensibilidad flagrante.

En cuanto a la lucidez que nuestro pensador se atribuye, es algo tan agudo y certero que provoca el rechazo del prójimo porque le pone delante el espejo de sus verdades no asumidas; es decir, casi todas. Esto lo condena ante los demás y con ello aquel atributo se torna una maldición que, sin embargo, le resulta irrenunciable pues no conoce otra manera de existir sino la de ejercer el oficio de la crítica.

Al asumirse como un lúcido, Cioran renuncia a ser poeta y filósofo, aunque esta abdicación sea sólo verbal, ya que, leyéndolo, uno se percata de inmediato de que sus dolores originarios (ser rumano, por ejemplo) y sus generalizaciones feroces (como aquella según la cual el problema no es morir sino haber nacido) sólo cobran forma y efecto mediante un lenguaje que le debe más a la poesía que a la prosa, y más al quehacer filosófico que a la simple reflexión mundana, que es el patrimonio de la mayoría de humanos que deambulan sin rumbo —pero con disciplina minuciosa— por los vericuetos del empleo, la religión, la política y el arte.

¿Que la lucidez es una maldición? Ni duda cabe. Basta expresar ideas no alineadas con ningún sentido común al uso y ceñirse a la explicación de la situación concreta, para tener un súbito tesoro de enemigos. Ante lo cual a la lucidez no le queda sino construirse a partir de este contrapunto, mismo que la hace desarrollarse hasta extremos incomprensibles para quienes no gustan de verse retratados en sus falsas verdades. Con ello, el lúcido se condena ostentando su resplandeciente corona de indignados, ofendidos e injuriados.

Visto así, Cioran fue un poeta (por desgraciado), un filósofo (por indiferente al dolor que su lucidez causó en sus lectores más cobardes) y un lúcido a la vez brillante y despiadado que se divirtió hasta morir con sus juegos frente al espejo de la especie y sus simulacros de lírico nihilismo. Nada mal, ¿no?

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