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Sobre converger y forjar alianzas
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 14 de septiembre de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Converger es ceder más que imponer, pues sólo así son posibles las alianzas.

Converger no quiere decir pensar igual. La convergencia política se da entre personas y organizaciones ideológicamente disímiles que se ponen de acuerdo en puntos fundamentales para el cambio social en un momento de crisis. De aquí surgen las alianzas. Hay personas y organizaciones que se alían a otras a costa de negar sus principios y convicciones. Y las hay que lo hacen sin renunciar a su razón política de ser. Este es el arte de la convergencia y de las alianzas. Hoy, aquí, la convergencia ocurre sobre los siguientes puntos fundamentales ante la necesidad de cambio y para superar la crisis que nos paraliza:

En lo económico, urge la emergencia organizada de la pequeña, mediana y gran empresa no monopolista, a fin de que haya más empresarios y más asalariados para que la clase media se ensanche de tal manera, que constituya un fuerte mercado interno para una economía que debe volver al eje de la productividad y no quedarse en la especulación financiera y la circulación mercantil. Es decir, necesitamos construir un amplio sector productivo de bienes materiales y no uno que sea sólo rentista por ser socio minoritario de transnacionales (como las mineras) y se afane en el lavado de dinero (sin lo cual su sistema financiero colapsaría en horas) y en monopolios que matan la libertad económica al acabar con la igualdad de oportunidades y la libre competencia. Urge para ello volver a darle a la banca nacional su rol de impulsora de la pequeña, mediana y gran empresa no monopolista y evitar que sea sólo un negocio público-privado del sector rentista. A esto le llamamos democratización de la economía.

En lo político, urge democratizar el Estado volviéndolo eficiente, probo, pequeño y fuerte. Tanto, que sea capaz de garantizar las medidas económicas apuntadas arriba. Para lo cual es necesario construir un instrumento político que controle el Estado y que se constituya en interlocutor válido de las potencias bajo cuya influencia existimos. Esta interlocución estaría asentada en los principios de soberanía nacional y de derecho a la autodeterminación de los pueblos. Existe de sobra el caudal humano para realizar esto, siempre que converjamos y forjemos alianzas bajo estos puntos fundamentales.

En lo ideológico, y para realizar lo dicho arriba, se necesitan políticos vigilados por una ciudadanía crítica, lo cual implica instaurar un sistema educativo que forje ciudadanos. Es decir, personas con una alta cultura cívica, conscientes de que en ellos (y no en el Estado) radica la soberanía. Mientras esto se pone en marcha, urge hacer una campaña ideológica que esparza estas ideas en el seno del pueblo, las capas medias y, sobre todo, entre los pequeños, medianos y grandes empresarios no monopolistas.

La convergencia y las alianzas requieren de convicción, decisión y audacia. De colgar en el perchero del pasado algunos dogmas que obsoletamente nos dividen. Esto no equivale a renunciar a convicciones legítimas, tanto de clase como religiosas o políticas. Uno converge y se alía desde sus irrenunciables convicciones. Pero converger supone ceder más que imponer. Pues sólo así son posibles las alianzas. Y hoy más que nunca necesitamos de un gran frente político que nos saque de este monopolismo asfixiante, del fascismo neoliberal y de las junturas de ocasión, como el izquierdoderechismo que sueña con administrar esa bomba de tiempo llamada Plan para la Prosperidad del Triángulo Norte.


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