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Empresarios, clase media, campesinos
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 21 de septiembre de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Una alianza efectiva para el cambio gradual de la economía y la política.

El pequeño y mediano empresariado tiene un gran y único obstáculo para progresar, crecer y ampliar sus márgenes de lucro: la oligarquía monopolista. No existe otro impedimento para que este sector económico crezca y progrese originando a más asalariados y ensanchando a la clase media en todos sus estratos. Esto se debe a que el monopolismo mata de raíz la libre competencia y la igualdad de oportunidades para los nuevos emprendedores, anulando así la libertad económica. Un país dominado por los monopolios no puede incorporar a su población al empleo, el salario y el consumo. Lo que produce son pobrerías ignorantes y laboralmente descalificadas, que deben emigrar para conseguir trabajo y sostener así la economía mediante sus remesas, las cuales se gastan en consumos superfluos que los oligarcas captan por medio de franquicias mercantiles, y jamás se vuelven capital e inversión, lo cual resulta a la larga inflacionario. En un ambiente económico tal, las aspiraciones de las capas medias se encauzan por la vía de la “informalidad” laboral en su variable del delito organizado, con lo que los índices de violencia aumentan y la miseria moral cunde en la población. Si además la política es controlada por esta oligarquía monopolista, tenemos un Estado fallido que es síntoma (y no causa) de un sistema económico ineficiente y corrupto cuyos funcionarios no pueden ver más allá de la pudrición política.

El pequeño, mediano y gran empresariado no monopolista necesita organizarse políticamente para participar en el control del Estado, a fin de impulsar una política nacional de democratización de la economía que promueva la pequeña y mediana empresa como eje del crecimiento económico, para lo cual se le tiene que dar a la banca nacional un rol central de agente financiero de la nueva economía, a fin de que brinde préstamos razonables para que los nuevos emprendedores consoliden sus empresas. Como parte de su organización, el pequeño y mediano empresariado necesitará de las capas medias ―de sus asalariados― como apoyo al proyecto de democratización de la economía, por lo que deberá establecer alianzas basadas en el aumento del salario a partir del aumento de la productividad. También necesitará establecer alianzas con las organizaciones de la Guatemala profunda, es decir, campesina y agraria, pues estas masas también son asalariadas y constituyen la columna vertebral oprimida y explotada sin la cual el sistema económico fallido no funcionaría. Sus reivindicaciones son justas, y forman un gran conglomerado que, constituido en asalariado y consumidor, formaría parte fundamental de un vigoroso mercado interno. Por último ―pero no por ello menos importante―, estas organizaciones tienen la más formidable capacidad de convocatoria y movilización en el país, lo cual puede traducirse en votos a la hora de un proceso eleccionario en el que un instrumento político constituido por estas alianzas compitiera por el control de Estado.

El pequeño, mediano y gran empresariado no monopolista debe superar la ideología oligárquica según la cual el campesinado y las capas medias son sus enemigos por ser “pueblo”. Este es el petate de muerto con el que la oligarquía los asusta con “la amenaza comunista”, la cual no existe, y menos ahora, cuando las izquierdas organizadas claudicaron aceptando administrar ―con los neoliberales y los monopolistas― el torvo Plan para la Prosperidad del Triángulo Norte.

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