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Sujeto democrático y del cambio (2)
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 12 de octubre de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Sobre el individuo light y la democracia radical

En este contexto, aunque la democracia y el sujeto democrático sigan siendo una asignatura pendiente en nuestro medio, ni siquiera para el liberalismo el sujeto del cambio puede seguir siendo el mismo sujeto democrático de antes, pues la forma de acumulación capitalista cambió globalmente creando un nuevo sujeto y actor light del hecho social, del cual hay que extraer al sujeto del cambio. Esto no anula sino impone la necesidad de que este sujeto necesite ser educado, culto y crítico, aunque no en un sentido estrictamente eurocéntrico, imitativo y reflejo, sino abierto a los saberes subalternos que integran su diversidad cultural y, eventualmente, nacional.

En efecto, la condición posmoderna no impide sino impone que el nuevo sujeto del cambio necesite ser culto, letrado, crítico y consciente de que no es ciudadano y de que el sistema le niega la educación y los servicios públicos. Este argumento sirve en especial para desmantelar la razón neoliberal con la que la derecha combate el cambio social democrático tachándolo de “socialista”, pues (tácticamente) no se trata de luchar por el socialismo y mucho menos por el subterfugio contrainsurgente de “hacer la revolución sin tomar el poder”, sino por lo que es posible lograr: la democratización del capitalismo en su fase globalizada y el cumplimiento del ideario liberal de igualdad de oportunidades, libre competencia y prohibición de monopolios. En otras palabras, “otra globalización es posible” con un sujeto del cambio interclasista, intercultural, intergeneracional y sexualmente diverso, que instaure y se constituya en sujeto de una democracia radical.

En tal sentido, cuando se critica el intelicidio como adormecedor e inmovilizador del sujeto del cambio, no se propone como alternativa el modelo del intelectual liberal burgués como ciudadano pleno, letrado y eurocéntrico, como lo hace Vargas Llosa en un reciente libro que es una leve copia del clásico de Guy Debord, La sociedad del espectáculo. Se propone un intelectual orgánico con su pueblo, un intelectual público que salga del campus y participe en la vida política de múltiples maneras, pero, básicamente, librando la lucha ideológica por la hegemonía popular. Y, como parte de estas tareas, que asuma la crítica del posmodernismo y de su emblema propagandístico, el cual se resume en la ilusoria idea de que vivimos en “la era de la democratización de la comunicación”.

La crítica de la Ilustración es necesaria. Pero también lo es que, ante el embate hegemónico del intelicidio, resulta imprescindible recobrar logros básicos de la Ilustración para pelear contra el neoliberalismo y hacer realidad la posibilidad de que otra globalización sea posible. El Renacimiento no fue una vuelta al pasado, sino un rescate de avances básicos para caminar hacia el futuro. Algo parecido se plantea hoy respecto del pasado ilustrado ante la barbarie intelicida que impide el forjamiento de sujetos conscientes y críticos, los cuales, junto a los actores populares que se mueven como masas, motivados por su interés inmediato, realicen cambios sociales tendentes a la democratización radical de las actuales condiciones económicas, políticas, sociales y culturales. Un retorno creativo a la Ilustración puede implicar una democracia radical que lleve a sus últimas consecuencias el ideario liberal para forjar una economía, un Estado y una ciudadanía más libres, justos, funcionales y prósperos.


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