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Brevísimo elogio del miedo
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 21 de diciembre de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Variaciones sobre algunas ideas de don Francisco de Quevedo.

Decía el sesudo don Francisco de Quevedo que “Siempre se ha de conservar el temor, más jamás se debe mostrar”. Cualquier mercader de la autoayuda diría hoy que lo que hay que superar es el temor mismo, como si eso fuera del todo posible. Pero como Quevedo “estaba en el mundo sin ser del mundo” (como habría dicho Gurdjieff), pensaba en la inconveniencia de mostrar públicamente una de las emociones que con más fuerza impelen a la acción, que es la madre de todas las obras humanas. Por eso dijo también que “El ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar”. Se refiere a tenerle miedo al miedo como la mejor receta para la inacción, pues este mecanismo paraliza, ya que el miedo a llegar a sentir miedo nos hace olvidar que el primer temor implica ya el segundo, y por eso la parálisis sobreviene antes de que se empiece a actuar, ya que ni siquiera llega durante el acto, sino que lo aborta. De aquí que le sobre razón a don Francisco cuando afirma que “El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde, de su propio temor”. Por ello, el cobarde no actúa, sino sólo se lamenta mirando asustado al mundo hundiéndose a su alrededor.

Como vemos, Quevedo usa el miedo a su conveniencia. No pretende carecer de él como los bravucones y jactanciosos de todos los pelajes (pobres y ricos). Al contrario, aconseja que el miedo “siempre se ha de conservar” como fuerza de resistencia mediante cuya superación se alcanza aquello que se anhela, evitando tenerle temor a la posibilidad de llegar a temer, y centrándose sólo en el legítimo miedo a la adversidad. No hay duda de que nuestro cerebral poeta comprendió a cabalidad la dialéctica de la psique y la función de la contradicción como motor de la conducta de quien sabe que actuar y construir es lo que nos salva del sinsentido, y no el contemplar el propio ombligo como el bebé que recién lo descubre, o el mirar por horas el propio acné al espejo, como el adolescente que se deprime porque nadie entiende su desgracia.

Por eso dijo también don Francisco que “El temor empieza toda sabiduría, y quien no tiene temor, no puede saber”. No puede saber lo que es la satisfacción de sobreponerse al miedo ni el sabor de la victoria al vencerlo, y tampoco conocer el mecanismo mediante el cual uno puede obtener la energía que necesita para actuar y construir utilizando el combustible del temor, quemándolo como gasolina y dejando atrás el humo negro de la cobardía y la indecisión. El miedo es, pues, necesario y vital. Qué sería de nosotros sin él. Sólo los estúpidos fingen no tenerlo e ignorar de qué se trata. Y son legiones. Quizá por eso Quevedo indicó que “Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen”. Lo cual nos deja con una creciente multitud de disciplinadas comunidades de estúpidos que sustituyen el acto con la inacción. Por ejemplo —y para lo que nos rodea—, mirando en la tele el mundo en lugar de lanzarse a recorrerlo, viviendo la vida de los actores en vez de vivir la propia, y jugando a los videojuegos en vez de salir a matar y a morir si eso es lo que una oscura vocación nos impele a hacer.

A los que se victimizan para no actuar y que —en vez de luchar por los suyos— todo les llegue de limosna, Quevedo les grita: “Apocarse es virtud, poder y humildad; dejarse apocar es vileza y delito”. O sea, ser víctima es digno; victimizarse es de sinvergüenzas y cobardes.

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