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Piadosas reflexiones navideñas
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 28 de diciembre de 2016
consucultura@intelnet.net.gt

Con un leve toque de homilía (por qué no)

Según el brillante escritor satírico Ambrose Bierce, la Navidad es “una jornada que se consagra a la glotonería, la embriaguez, la sensiblería, los regalos, la estupidez pública y el desorden privado”. Una época en que se ofrecen presentes “esperando algo mejor” en calidad de “el pago de hoy por los servicios de mañana”. Una temporada, en fin, para la concienzuda y disciplinada práctica de la hipocresía en gran escala.

Los contenidos de la publicidad comercial y religiosa de la Navidad constituyen compendios de la “filosofía” empresarial y se sintetizan en una máxima de nuestro mordaz pensador que aconseja: “No robes, pues así no tendrás nunca suerte en los negocios: haz trampas”. En el caso de los mercachifles, la trampa radica en vender sentimentalismo disfrazado de amor al prójimo; un “amor” que concretamente se materializa en inmensa variedad de mercancías que se compran y regalan bajo el criterio que Bierce dejó esbozado arriba. En el caso de los oficiantes religiosos, la trampa está en vender misericordia divina a precio de temporada: una temporada que ellos publicitan como “de reflexión, amor y perdón”, lo cual expresa a cabalidad su farisea moral y torva ética de trabajo, mismas que se resumen en esta otra máxima de nuestro satírico de cabecera: “No digas el nombre de Dios en vano: escoge el momento en que tenga efecto”. Y no hay mejor momento para que tenga efecto que la devota época navideña.

Tanto así, que legiones de falsos profetas —ruidosos merolicos de la fe dominical— aumentan la dosis de frases inculpadoras a su grey, enarbolando un curioso criterio que Bierce formula de esta manera: “El egoísta es una persona de mal gusto que se preocupa más de sí mismo que de mí”. Por tanto, arenga el falso profeta, no seáis egoístas y aumentad vuestro diezmo: el Señor no es un mendigo para que le ofrezcáis lo que os sobra. Y si sois pobretones, iros a otra iglesia, mejor si es católica, porque allí tienen cabida las pobrerías que buscan una mejor vida después de la muerte. Aquí, en cambio, os ofrecemos instantánea vida próspera y sin miserias.

Cuídate, pues, oh lector tenaz, de los falsos profetas que son como “las mujeres que aman demasiado” y como los hombres que buscan a su mamá en el regazo de la amante o de la esposa. Acordaos hermanos de lo que decía nuestro genial (y un tanto misógino) lexicógrafo: “Una mujer sería encantadora si uno pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos”. Y pensad en que ocurre lo mismo con los hombres que padecen de mamitis aguda, los cuales, en vista de que no pueden hallar a su madre en los brazos de su amada, mortifican a ésta con sus pueriles y nunca satisfechas demandas. Cuídate pues de caer en las manos de falsos profetas creyendo que has caído en los brazos de Dios. La diferencia entre lo uno y lo otro es la que hay entre el Cielo y el Infierno.

No busques tampoco sucedáneos de tu propia conciencia fuera de ti —pues en ti está la capacidad del pensamiento crítico y radical para cambiar las cosas de raíz, en su causalidad efectiva— ni le entregues tus sueños a los falsos profetas para que te den a fumar el opio de la catarsis deportiva: ¿o acaso hay alguna diferencia psicofísica en lo que sientes cuando tu equipo favorito mete un gol y cuando tienes un rapto de fe dominical que te hace cantar a pesar de tener oído de sordo?

Ya lo advierte nuestro agudo pensador: “Si deseas que tus sueños se hagan realidad, ¡despierta!”

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