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Breve defensa del chiste ofensivo (1)
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 4 de enero de 2017
consucultura@intelnet.net.gt

Desdentar y cortarle las garras al sentido del humor es un acto de barbarie.

En su libro Mis chistes, mi filosofía, Zizek cuenta que “Hace años, en el campus de Santa Cruz, una de las capitales de la Corrección Política, alguien me contó que se habían inventado chistes que eran divertidos sin ofender, sin humillar, sin burlarse de nadie siquiera, como por ejemplo ‘¿Qué ocurre cuando un triángulo se encuentra con un círculo?’. Como era de esperar, le rebatí: me da igual lo que ocurre cuando un triángulo se encuentra con un círculo; lo divertido de un chiste es ofender o humillar a alguien”.

Y, claro, los chistes son el ejercicio comunal de la sátira, la ironía y el sarcasmo, términos que no son cabales sinónimos, sino que cada cual expresa matices de la intención burlesca centrada en ridiculizar. Es obvio que, si alguien se toma el trabajo de hacer esto, lo hace porque quiere agredir a otro. Algo —de suyo— mucho más común y generalizado que las buenas intenciones, el amor, la solidaridad y otros valores que se le inculcan a la gente desde que nace, pero que son a diario contradichos por la aspereza real de unas relaciones sociales marcadas por la lógica del dame que te doy, la cual gira puntualmente en torno al egoísmo. Por eso la sátira es uno de los más respetables géneros literarios desde la antigüedad, y a menudo se remite a rivalidades entre individuos a causa de luchas de poder. Esto no ha ocurrido porque el sujeto hegemónico sea “malo” y haya que salvarlo mediante la corrección política —como suponen las buenas conciencias que viven del amo racista—, sino porque la vida está basada en la lucha por la sobrevivencia, en la que sólo triunfa el más apto. ¡Por eso los subalternos también hacen chistes, y en buena hora!

El sentido del humor es una de las más efectivas armas de lucha. Desdentarla y cortarle las alas y las garras es un acto de barbarie disfrazado de altruismo y rebosante de hipocresía. Ofender y humillar es parte de las luchas humanas. ¿Acaso no lo hace a diario la fuerza pública? ¡Pues que lo hagan también los subalternos! Éstos se proponen como sujetos positivos erigiendo a sus “otros” como negativos, y a menudo recurren al humor negro para lograrlo. Si los chistes no ofenden a nadie, no cumplen su función política. Al menos para inteligencias capaces de entender los términos de una pugna en la que los contrincantes se ridiculizan entre sí.

Los chistes se hacen con el lenguaje, y éste expresa relaciones económicas y sociales concretas y específicas. Cuando estas relaciones cambian se modifica su lenguaje porque expresa nuevas relaciones, y éstas se modifican cuando muta la estructura económica que las anima. Si vivimos en sociedades que estructuralmente necesitan de los racismos y los sexismos, tendremos chistes racistas y sexistas. La experiencia histórica enseña que no se cambia una sociedad modificando el lenguaje humorístico que la expresa, sino que la cosa funciona siempre al revés. De aquí que reprimir el sentido del humor mutilando el lenguaje como enunciado de las relaciones sociales que lo posibilitan y poniéndole prótesis que no le corresponden, equivale a maquillar la estructura de poder que nos oprime. Tal actitud sólo cabe en mentalidades “buenitas” que se rasgan las vestiduras en público y gozan de su egoísmo en privado, y que no están dispuestas a luchar. Luchemos por cambiar las estructuras que originan la marginación de las mayorías, el racismo, el sexismo y la violencia como negocio, en vez de maquillarlas con palabras y frases hipócritas. Así no se ayuda a los oprimidos. Al contrario, así se le alarga la vida al sistema que los aplasta. Más nos valdría celebrar sus chistes acerca del “otro”, ¿no?

Cuenta Zizek que “En un chiste ruso maravillosamente estúpido (¡y apolítico!) de la época de la Unión Soviética, encontramos a dos desconocidos sentados en el mismo vagón de tren. Tras un prolongado silencio, de repente uno se dirige al otro: ‘¿Alguna vez se ha follado a un perro?’. Sorprendido, el otro contesta: ‘No, ¿y usted?’. ‘Claro que no. Sería asqueroso. Sólo buscaba entablar conversación’”.

¿Protestarán por esto los indignados defensores del agraviado decoro sexual canino?

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