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La autonomía moral
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 27 de septiembre de 2017
consucultura@intelnet.net.gt

Y el precio a pagar por ejercer el intelecto con libertad y creatividad.

Muy joven aprendí que el ejercicio responsable del intelecto implica enunciar ideas desde una absoluta autonomía moral. También, que la autonomía moral supone el ejercicio de una voluntad irrestrictamente libre y creadora y que, siendo la libertad y la creatividad el distintivo esencial de la especie humana, este ejercicio conlleva reflexionar en razón de una solidaridad incondicional con nuestra especie, con su sobrevivencia digna y su derecho a desarrollar plenamente su libertad y creatividad.

Esto implica un compromiso voluntario con la veracidad histórica y con la verdad filosófica que de ella se deriva, así como con la necesaria insobornabilidad del punto de vista que, por esta vía, decide ser una perspectiva orgánica con el interés general del pueblo de quien así ejerce el intelecto como forma de vida y autoconstrucción ética, y no con intereses particulares contrarios al popular.

Concebir y ejercer así el oficio de intelectual orgánico, sólo admite poner el intelecto al servicio del interés general del pueblo, lo cual implica chocar con los intereses de clase de oligarquías, burguesías y siervos de las clases dominantes, incluidas las fuerzas que fingen estar a favor del interés popular pero que sólo persiguen sueños de bienestar individual y por ello son traidoras a sí mismas y a los conglomerados en cuyo nombre hablan, escriben y se movilizan. Este choque es violento, y así lo tiene que asumir el intelectual orgánico público y popular, pues no puede traicionar lo único que tiene, que son sus palabras.

Comprendo que en esta era de la posverdad, al izquierdoderechismo light le choque y le parezca increíble tal declaración de principios, e insista en preguntarse “quién financia a este tipo y cuál es su agenda oculta”. Como es tan fácil señalar a quienes financian al izquierdoderechismo ―porque no es sino una constelación de oenegés que ponen en escena un simulacro de sociedad civil (comprada por el capital transnacional)―, éste no puede concebir que alguien actúe por convicciones y conocimientos concretos, y necesita imaginar (al no hallar pruebas ningunas) que los intelectuales orgánicos-populares ―en vista de que no se venden ni se rinden― deben estar financiados por alguna fuerza que ellos ―sin ver la viga en el propio ojo― perciben oscuras. Y mucho menos es capaz de vislumbrar la posibilidad de que existan personas que actúen por ideales brotados de conocimientos y convicciones concretas, así como de la voluntad libre y creadora de poner el intelecto al servicio de quien hace al intelectual tener sentido y valía en una sociedad que se rige por medio de relaciones humanas cosificadas, comprables y vendibles: el pueblo.

Todo esto lo aprendí muy joven de Otto René, de Martí, de Bolívar, del Che, de Marx, de Gramsci y otros. No en escuela de gobierno alguna ni en cursos de capacitación por agencias de financiamiento. Y porque lo ejerzo, jamás tendrán los calumniadores una mínima prueba de que mi pensamiento esté financiado por alguien (oscuro o claro), y por eso seguiré siendo el aguafiestas de aquellos a los que arrebaté el confite de que para ser revolucionarios bastaba con brincar en una plaza, recoger su basurita y alinearse con el interés geopolítico.

El precio a pagar por ejercer la autonomía moral es no sólo la calumnia, sino las amenazas de muerte. Y la muerte. Pero la satisfacción y la paz que da la coherencia hasta el final… eso no tienen precio.

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