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Ir de la corrupción a su causa
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 15 de noviembre de 2017
consucultura@intelnet.net.gt

El paso de lo táctico a lo estratégico le toca a la iniciativa popular

Una de esas mentiras que ―repetida mil veces― se vuelve verdad en el imaginario colectivo, es la idea de que la corrupción sólo existe en la esfera de la administración pública y que, si se la combate allí, todos los males del Estado y de la economía se remediarán automáticamente.

La idea es falsa porque la corrupción pública no es causa sino efecto de la corrupción económica, la cual radica en la apropiación privada del producto del trabajo social, en la instrumentalización del Estado y sus funcionarios para ampliar márgenes de lucro privados y en el retorcimiento de las leyes para beneficiar monopolios y toda suerte de mercantilismos que, sin la corrupción pública que provoca la corrupción económica, no podría desarrollarse con éxito ni para los dueños del capital y los medios de producción, ni para los políticos corruptos que ocupan puestos públicos con la única finalidad de cumplir esta función.

De aquí que cuando se dice que el corrupto es el sistema económico, no se esté diciendo que haya que abandonar la lucha contra la corrupción pública, sino más bien que ésta no tiene posibilidades de ser erradicada jamás mientras no se toquen las estructuras sistémicas de orden económico. Lo que en nuestro caso quiere decir: desoligarquizar la economía mediante el impulso estratégico de la pequeña y mediana empresa utilizando para ello una banca pública y privada que otorgue préstamos pagables a los nuevos emprendedores. Sólo así se puede producir desarrollo capitalista aquí, pues el principal obstáculo para que éste ocurra es el monopolismo oligárquico y la corrupción económica que hace posible la corrupción pública.

La sola lucha contra la corrupción pública es sólo el ataque al síntoma y no a la causa de la enfermedad. Por eso la financia Soros en todo el mundo: porque se trata sólo de un simulacro que apela a la moral cristiana de las masas (buenos contra malos), a las cuales se instrumentaliza para que “legitimen” en las calles y plazas los golpes de Estado blandos que previamente han sido dados a los gobiernos que se pretende cambiar por razones geopolíticas, por parte del capital financiero especulativo de la Open Society Foundations. Por eso, cuando los movimientos de calles y plazas comienzan a reivindicar valores antisistémicos, la convocatoria por parte de los netcenters se acaba ―como ocurrió cuando renunció Pérez Molina― y las movilizaciones cesan. Algo parecido aconteció en septiembre pasado aquí cuando ―luego de un pacto intraoligárquico y un lobbying de la ultraderecha en Washington― se detuvo la movilización.

De aquí se sigue que el movimiento popular necesite pasar a reivindicaciones económicas como raíz que sustente las luchas contra la corrupción pública y la impunidad. Si esto se hace, las oenegés de la izquierda rosada y los think tanks de la derecha lila mantendrían su inocua lucha culturalista, pues si adhirieran a la reivindicación estratégica se quedarían sin financiamiento y perderían su razón de ser y su utilidad para la cooperación internacional y el capital financiero especulativo. La organización popular, sin embargo, necesita profundizar su lucha en esta dirección, y botar en el camino sus lastres, entre los que se cuentan los financiamientos de sus enemigos, las ilusiones culturalistas y el sueño de opio de ocupar los puestos públicos que coronarían su derrota estratégica, la cual gozaría sólo de la vacua gloria de la corrección política.


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